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SONIDOS DE RIELES EN LAS NOCHES DE LA BARRANCABERMEJA DONDE VIVÍ (Parte 34):

Durante las noches de mi infancia, era muy común en mi barrio permanecer junto con toda la familia sentados horas y horas en el andén de nuestra casa a la espera del regreso del fluido eléctrico o “que volviera la luz” como acostumbrábamos a decir. Eran constantes los cortes de energía, pues ocurrían una noche sí y la otra también.


¿Quién de ustedes no recuerda lo mejor de esas noches mientras de niños servíamos de ventiladores para refrescar a nuestros padres, así como de repelente mecánico para espantar” zancudos con el batir constante de una toalla vieja de su papà?, sin duda lo mejor era escuchar a los mayores de la casa narrar infinitas historias de terror, muchas de ellas al mejor estilo de Edgar Allan Poe, Stephen King, o Orson Wells, él mismo que un 30 de octubre de 1938 se le ocurrió en un programa radial anunciar en una emisora durante un gran apagón nada más y nada menos que la invasión extraterrestre de la ciudad de New York, olvidando la gran audiencia del programa y desatando uno de los momentos de mayor pánico y de descontrol de la historia mundial.


Aquellos relatos tenían sin duda la mejor ambientación cinematográfica conocida cual sala de cine 3D de la actualidad:


La escenografía estaba compuesta por un lienzo de fondo casi de completa oscuridad, solo cortada en ocasiones por un tenue rayo de luz cuya intensidad dependía de la última vez que se le habían cambiado las baterías a la linterna de donde emergía la luz, la cual era sostenida como si se tratase de un cetro por el rey de la casa desde una mecedora de mimbrea manera de trono. La misión de esa luz además de alumbrarle el camino a cuanto vecinos pasaban por ahí, era también alumbrar al suelo como si se tratara de reflector en garita de penal de alta seguridad, pero esta vez no buscando presos escapados, sino la presencia de algún sapo tratando de “colarse” dentro de la casa, o lo que era peor, la de alguna serpiente proveniente de tanto monte cercano a nuestro hogar, pues no era raro que seguido del alegre y bullicioso grito de “llego la luz”, continuara el grito de alarma de: “Una culebra, una culebra”.


La iluminación de nuestro relato-película, era complementada con pequeñas e intermitentes lucecitas divisadas a los lejos por cientos de luciérnagas. Y como de la escena formada por nuestra imaginación, un cielo con luna llena con presencia de relámpagos en la distancia y rodeada de nubes negras presagiando la llegada de la lluvia durante el amanecer de la mañana siguiente, precisamente a la hora de salir para la escuela a estudiar.

El sonido de nuestro cine era de máxima calidad tipo Dolby 5.1, proporcionado por los cantico de grillos y ranas, así como truenos. Pero el sonido escuchado en los momentos más dramáticos, el cual aumentaba cada vez más y más, como la banda sonorosa de la película Tiburón, hasta volverse en un ruido ensordecedor era… el pito emitido por un monstruo de hierro la cual pasaba velozmente a solo unos ciento de metros de donde se narraba la historia. Se trataba del tren, mole llena de gente de distintos estratos sociales, identificados según el vagón que ocupara; primera, segunda, tercera, según si los pasajeros fueran sentados en un sillón de cuero, o una banca de madera. Cada tren pasaba cargado de una historia, y cada noche una diferente.

Y era que esos pitos parecieran seguir una partitura al estilo de sexteto de viento de Beethoven porque según el compás y el ritmo anunciaban una noticia a la gente que lo esperaba en la estación ubicada solo a pocas calles de mi calle: Si era un pito espaciado significaba el término de un trayecto sin novedad; sí era poco espaciado su silencia, y muy pero muy repetitivo… todos sabíamos que llegaba con algún herido y se requería con urgencia una ambulancia; pero si era largo, espaciado, profundo y lastimero… no había duda: Traía un muerto.


Para esa época estaba de moda como los cortes de energía eléctrica el de “tirarse al tren”; algunos buscando acabar con una pena de amor, o por estar en la ruina, o simplemente por estar jugando mientras se tomaba una cerveza con los amigos: El que más demore en quitarse del camino del tren no pagaba la cerveza.


Pero no todos eran suicidas por amor, por dinero o por juego, tal como contó mi padre precisamente en una noche sin energía, su protagonista un carro mulero o carros tirado por un caballo, muy famoso en la Barrancabermeja donde viví:


-Él debía una plata y por no pagarla en la fecha convenida el dueño de la plata y sus hijos lo llevaron a las líneas del ferrocarril y le amarraron su brazo izquierdo a uno de los rieles cuando vieron que el tren se acercaba, no sin antes advertirle que de no pagar ese no sería el único miembro que iba a perder. Lo que si tenían en cuenta antes de definir cual brazo cercenar era cual era el más útil para continuar trabajado y reunir la plata a pagar.

Por estos incidentes, sumados a los constantes descarrilamientos y algunos derrumbes, era que nunca se sabía la hora o hasta el día de llegada de los trenes a su destino; era por eso que muchos viajeros pasaban largas jornadas en las estaciones esperando el paso del tren. Normalmente un viaje en tren de Bogotá a Santa Marta, si todo salía bien el trayecto se hacía de 20 a 24 horas. Tampoco hay que olvidar cuando el tren ya en la estación no podía continuar su viaje hasta que llegara otro que venía en sentido contrato, no tienen ni idea el garo de alta temperatura que se sentía en un vagón con techo de zinc cuando la espera era a la 1:30 de la tarde en la Dorada.

Otras características de esa estación de trenes eran los bares ubicados muy cerca de ellas, como por ejemplo aquí en Barrancabermeja EL FERROVIARIO, en donde la gente además de poder apreciar peleas de borrachos con pico de botellas de cerveza, o con cuchillo o machetes, también podía disfrutar escuchando canciones “motivadoras” repetidas continuamente en las famosas rocolas mientras se esperaba la llegada del tren; entre esas recuerdo una del Dueto Miseria: ¿Por qué Dios mío?, a continuación la letra, solo a manera de explicar en parte eso de “tirárse al tren”:


¿POR QUÉ DIOS MÍO?

Letra

Amaneciendo el día

me desperté llorando

porque toda la noche

soñando estuve en ti

Aquel amor tan grande

que yo no olvido nunca

el cual era la causa

de todo mi existir

Pero la mala suerte

que todo terminara

ella se fue pa` siempre

dormida se quedó

Ahora me encuentro solo

vagando en esta vida

pidiendo al juez supremo

que también muera yo.

¿Por qué Dios mío, Dime por qué?

te la llevaste dejándome a mí

si yo la quise mucho, si yo la amaba tanto

porque me dejaste pa` luego sufrir.

Bueno, dejo este relato hasta aquí, esperando un día escribir otros de las muchas historias escuchadas en noches de “apagones”, o de nuestras vidas mientras viajábamos en auto férreos y trenes como el Tren de Lujo con vagón con literas privadas para dormir, los cuales eran especialmente utilizados por comerciantes para dar rienda suelta a sus pasiones no ciertamente con sus esposas, ese tren también tenía restaurante. También recuerdo el tren de Palito; el expreso del sol; el expreso Tairona entre otros, y era que la estación de Barrancabermeja fue un punto de encuentro de toda Colombia, pues allí se daban cita viajeros del norte, del sur, del occidente desde Medellín y del oriente desde Bucaramanga; en ningún otro lado de Barrancabermeja se veía tanta gente de diferentes partes del país y ningún otro lado había una cafetería de lujo donde se citaban los novios en días dominicales.


Para los niños, los rieles servían también de barras para practicar el equilibrio mientras caminábamos entre nuestra casa al colegio, así como forja para aplanar monedas y hacer llaveros con puntillas aplastadas al paso del tren, las cuales tomaban forma de espadas que exhibíamos en nuestros pechos.


Y ya para terminar éste relato, debo contar tal vez el mayor susto de mi infancia: Una vez con otros dos compañeros de colegio camino a casa, estábamos mirando algo en los polines de madera con los cuales se sostenía la vía férrea, viéndonos tan distraído un maquinista del auto ferro se tomó el trabajo de apagar la máquina muchos metros antes y acercarse a nuestras espaldas para luego hacer sonar el pito a no más de cinco metros de distancias, no se imaginan el grito y el brinco que dimos… tan chistoso el h….

Por: Daniel E. Cañas Granados.


© 2018 by Daniel E. Cañas Granados