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MI ANILLO DE GRADO - Por Alfonso Camargo Fajardo

En una extraña y calurosa mañana de Diciembre, hace muchos años, un adolescente henchido de satisfacción y orgullo por haber logrado "terminar satisfactoriamente los estudios y requisitos exigidos para obtener el título de BACHILLER", en compañía de su madre, subió al destartalado bus, que después de más de media hora de viaje, por las también destartaladas calles de Barrancabermeja, los llevaría hasta "el comercio", que no era otra cosa que el centro de la ciudad, que paradójicamente, en aquella ciudad quedaba más cerca de su lindero con el río Magdalena.

Lo extraño de aquella mañana, era que aquel joven no sabía el por qué resultó elegido para ser el acompañante de su madre, y mucho menos, el propósito de aquella salida tempranera. Dócilmente y en silencio la acompañaba, esperando la explicación que resolviera la intriga. Cuando sus pasos se encaminaron hacia el Salón Kresto, una vieja cafetería que conoció tiempos mejores, creada por su abuelo Luis Francisco, quien en ese entonces, cansado de la vida la veía agonizar en las manos de su hija Zoraida y Ernesto, su marido y fervoroso hincha del Atlético Bucaramanga, aquel joven pensó que el motivo podría ser el reclamo de "una platica" que el viejo Luis Francisco le habría facilitado, en calidad de préstamo, al "viejo Gerar", su papá. Pero para su sorpresa, siguieron de largo, sin siquiera saludar a la tía que detrás del mostrador, y mientras servía un tinto, los vio pasar. Aquel joven sabía que en recorridos como ése, el silencio era un principio vital, pero su inquietud seguía aumentando aceleradamente. Quince o veinte pasos más adelante, con una decisión que pocas veces observó en su mamá, entraron bruscamente a la Joyería y Relojería La Nueva, otro negocio que no pudo soportar la ausencia definitiva de su creador, el primo del "viejo Gerar", "Gustavo el viejo".

Después de los saludos acostumbrados, aquel joven, alcanzó a percibir un extraño cruce de miradas entre "Matilde vieja", la viuda que ahora administraba el negocio, y su mamá, pero un corrientazo frío recorrió su cuerpo, cuando "Matilde vieja", con un movimiento de cabeza, le ordenó que la siguiera hasta una habitación contigua, que por la ausencia de ventanas se mantenía en la penumbra. Ella le ordenó que se sentara en la cama, y él, sin comprender qué estaba pasando y con el corazón que se le quería salir del pecho, obedeció cerrando los ojos, hasta cuando escuchó estas palabras: "Mire mijo, yo lo felicito por su título de bachiller que hace sentir orgullosos a sus taitas. Ojalá se vaya a estudiar a la universidad. Yo quisiera darle el regalo que se merece, pero el palo no está pa'cucharas, así que le regalo esta pendejadita", y extendiendo su mano, le entregó un pequeño estuche de "peluche rojo", que sólo abrió cuando ella dijo: "Éso no es pa'mirarlo, ¡ábralo!". Al abrirlo, sus ojos asombrados vieron un anillo dorado, que parecía iluminar aquella habitación, y que él, sólo había visto en las vitrinas de las joyerías. "Ése, es su anillo de grado de bachiller. Estudie en la universidad para darle el anillo de profesional, como el que tiene el doctor Alvarado".

Aquel joven nunca olvidó ese momento, y aunque el anillo aquel, duró lo que dura un amor de verano, siempre recordó aquellas palabras que le sirvieron para continuar su carrera universitaria, cuando el desánimo estuvo a punto de triunfar en su alma. Esas mismas palabras que escuchó en su mente al recibir su diploma como profesional.


Nunca le niegues una palabra de aliento a alguien, ni siquiera cuando ese alguien espera algo material. Lo material pasa; lo emocional perdura.

IN MEMORIAN


Alfonso Camargo Fajardo



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