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LOS FUNERALES LOCALES Por Uriel Villalobos Cadena

La funeraria tenía un nombre romántico muy apropiado a su sacramental servicio, pero nadie lo recuerda ya que se la conocía como “la funeraria del rolo.” Estaba localizada en la acera derecha de la actual calle 48 con carrera 5. Allí, en un amplio patio retozaban los dos pares de corceles (un par blanco y otro par negro), cual dos copos de nieve o dos azabaches iguales.



El cliente podía pedir según su gusto si los negros o los blancos tiraban la hermosa carroza donde se transportaba el féretro. Eso sí, el conductor siempre lucía impecable traje de paño gris oscuro y sombrero de copa alta a la usanza de los caballeros medievales. El recorrido del cortejo se hacía lentamente y en estricto orden. Dolientes y acompañantes caminaban detrás de la carroza como en procesión guardando riguroso luto y así, en el más profundo pesar y religiosidad, transcurría todo.


Obviamente, eso era cuando el muerto pertenecía a la “alta sociedad.” En cambio, cuando moría algún pobre, el acto tenía características acordes a su statu quo, a su categoría de zarrapastroso. En tal caso el ataúd consistía en cuatro tablas rústicas tapadas en sus extremos donado por el municipio. Era el loco Abelardo quien recogía el cajón en una destartalada carreta de dos ruedas que él mismo arrastraba caminando o corriendo por los pedregosos callejones del villorrio. Detrás de la carreta marchaba una numerosa y desordenada turba, donde familiares y conocidos se abrazaban unos con otros dando gritos. Entre más desmayos ocurrieran en el trayecto y en media legua (apodo del cementerio) “más bonito” era el funeral. A ello contribuían las famosas plañideras que siempre acompañaban el acto para disfrutar gratis el tinto, las calillas y demás beneficios que se ofrecían en los velorios. Aunque, a decir verdad, no era tan gratis, porque las plañideras pagaban sobradamente los beneficios recibidos con sus melancólicos rezos y espeluznante llanto. De ese modo, el funeral se transformaba en un tétrico rito donde la aflicción por la partida del difunto hacía desmayar a los familiares y llorar a los amigos. Las plañideras infundían tanta tristeza al velorio y al entierro que, en el vecindario, cuando ellas realizaban sus tétricas lamentaciones, las gallinas cacareaban espantadas y los perros aullaban a pleno sol caliente. Lo mismo ocurría en las casas de la calle por donde el loco Abelardo decidía arrastrar la carreta con el cajón. Aquella melancolía se intensificaba durante el recorrido cuatro o cinco veces, justo cuando el loco paraba debajo de algún árbol para mear, para descansar, para pedir agua en alguna casa vecina o para rajar del muerto con alguien que encontrara en el camino. Porque eso sí, Abelardo a todo el que encontrara en el recorrido le contaba que el difunto era un pobre diablo; que había muerto anoche en el barrio (prostíbulos), de muerte natural con apenas veinte puñaladas en la espalda; que era un borrachín o una chismosa mala paga; que incluso a él le había quedado debiendo plata; que era la oveja negra de la familia; que por eso ya Satanás lo estaba halando por las patas; pero que por ahí los hipócritas afirmaban que en vida el muérgano o muérgana había sido una santa paloma.

Naturalmente, nadie se atrevió jamás a protestarle a Abelardo por sus indolentes expresiones y actitud acerca del fallecido, pues se sabía que si se le ofuscaba su cordura se deprimía y se transformaba en un típico desquiciado, grosero y violento.

A propósito, se sabe que tal fue la única razón por la que “el rolo” contrató a Abelardo. Según afirmaba, después de observar a muchos candidatos lo eligió porque el tipo tenía el perfil ideal para tan patético trabajo. Explicaba el comerciante que cuando Abelardo levantaba el cajón, lo tiraba en la carreta e iniciaba el recorrido, nadie estorbaba ni chistaba, pues por su impredecible temperamento ninguno se atrevía siquiera a discutir la ruta, la velocidad y las paradas del cortejo. Así el funeral transcurría rápido, sin dolientes tirándose sobre el cajón y ningún otro problema parecido. O como el mismo Abelardo decía cuando tiraba el cajón en la carreta: “tanta hipocresía y aspaviento con otro quintal de garra para los gusanos.”


Comentario: La muerte es la muerte y no reconoce privilegios.



Tomado del Libro: TRADICIÓN ORAL DE BARRANCABERMEJA

Autor: URIEL VILLALOBOS CADEN

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