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LO QUE MOSTRÓ UNA VENTANA. Por Giancarlo Pernett Rozo

Las ventanas abiertas son portales a otra dimensión en aquellos que contemplan al mundo para inspirarse, buscar respuestas, relajarse y curiosear. Como lo hacía Neruda, al escribir en su mesa de madera, que era la puerta de un barco naufragado, y el oleaje la arrastró hasta la playa de su casa en Isla Negra. A él siempre le gustaron los objetos que le obsequiaba el mar, al igual que los barcos. Esa puerta la adaptó como mesa, la colocó al pie de la ventana de su habitación, con vista al imponente azul del océano, donde se perdía su mirada, para llevarlo a la profundidad de su ser, y así poder crear sus poemas sublimes. Así mismo, Patricia Acosta, la musa que inspiró celebres canciones vallenatas, se asomaba por la ventana marroncita, para escuchar enamorada las tres canciones bien bonitas que le dedicaba el Cacique de la Junta, Diomedes Díaz, su Romeo parrandero. Aide María, mi abuela paterna, vivió en Mateo Gómez, un corregimiento cordobés ubicado entre Montería y Cereté, en una casa situada al frente de La Canoa, el único motel del lugar. Lo que nunca supieron los amantes furtivos e infieles, era que ella, la vieja Aide, apagaba la luz de la sala para dedicarse sigilosamente desde la ventana, a husmear a quien pillaba entrando al establecimiento, aparentemente escondido y prudente; pero que no se escapaba del radar ni de la lengua de la abuela. Al día siguiente, ella tenía el reporte de los conocidos que entraron, y el chisme regado entre familiares, suficiente para que los demás se enteraran; pueblo chiquito, infierno grande. A la ventana de mi casa llegan a diario pajaritos y palomitas para comer alpiste que le ponemos en una vasijita.


Hacia afuera, todo es verde por el follaje de los árboles y las plantas del jardín, y del andén al borde de la malla que delimita el parque, impidiendo que algún día haya vecinos al frente. A veces, me siento ahí a un lado para observar lo externo al hacer pautas mientras leo, o para que fluyan mis reflexiones mientras como una ensalada de frutas. Escribir ahí no lo he intentado, pero supongo que sería complicado avanzar demasiado, o quizás sería indiferente al paisaje.


Hoy fui a una empresa telefónica para hacer una solicitud de cambio en mi línea fija de teléfono. Entré a la oficina: un cubículo sin significados, de paredes desprovistas de imágenes, donde me atendió con frialdad una funcionaria de sonrisa fingida, de esas que se dan como protocolo de atención al cliente. No era un lugar inspirador, tampoco el momento propicio. Sin embargo, solo la ventana, la única que había, ni cortina tenia, apenas el vidrio desnudo, bastó para motivarme a escribir este texto. Por fortuna, la mujer se levantó de su escritorio a buscar la impresión de un formulario para que yo lo diligenciara como requisito. En ese lapso de pequeña soledad, no había nada que observar, excepto lo que me permitía ver la simple ventana que tenía al frente de mí, que tampoco mostraba mucho, puesto que era un segundo piso, y las ramas de un árbol tapaban el panorama tan pobre. Y fue precisamente ese árbol lo que le dio sentido a la ventana. Al llegar la mujer con las hojas, le hablé sobre el árbol, como para romper el hielo, y hacer de la diligencia algo diferente y amena: «Yo que tengo tanto tiempo de vivir en Barrancabermeja, y de pasar a menudo por la plazoleta, no sabía que ese árbol era de tamarindo», expresé.


Ella ni se inmutó, como si no le hubiese hablado. « ¡Que maleducada!», pensé.

«Tan rico y refrescante es el jugo de tamarindo. Hasta comía el fruto directamente al alcanzarlo del árbol, o al recogerlo del suelo cuando caía en los patios, parcelas y fincas donde iba de niño. A muchos les da prevención al comerlo, ya que los pone flojos del estómago, pero a mí no, porque me acostumbré a consumirlos desde pequeño», insistí.


Ella se rio a medias con su sonrisa postiza, no dijo nada, me entregó las hojas para llenar el formulario. La comunicación no se dio, todo se limitó al trámite. Terminé de escribir los datos personales. Ella prosiguió a incluir la información en el sistema. Aun así, mientras tanto, seguía viendo el árbol. Estaba cargado de frutos de tamarindo, se veían saludables, con su cascara cafecita. A la vez, recordé cuando de niño los agarraba y su cascara era crocante al estar secos, listos para consumir. En su interior, la pulpa escasa y adherida a las semillas duras. Su sabor es un poco ácido y a veces dulce, pero rico al paladar. Y al que no le gustaba así, lo podía degustar como bolitas de tamarindo con azúcar, un manjar criollo y típico de la Costa Atlántica, fáciles de encontrar en cualquier tienda de esquina, o en vendedores que merodean las calles ofreciendo los dulces de la región: entre cocadas, caballitos, panelitas, alegrías, enyucados, bolitas de leche, u otros. Al principio, no sabía sobre el efecto laxante del tamarindo. Como había tantos en el piso alrededor del árbol, además de gratis, comí demasiados la primera vez que los probé. Posteriormente, los retorcijones en el estómago y la carrera hacia el baño para la expulsión. Pero agradezco haber vivido ese momento, ya que no los dejé de comer y mi cuerpo lo asimilo. Después de eso, más nunca los tamarindos me enviaron al baño. Las personas del interior, comúnmente llamados cachacos por nosotros los costeños, sí que le tienen fobia al tamarindo. Ni se arriesgan. Tan mala fama tiene el fruto entre ellos, que ni siquiera lo han probado, y ya le están achacando el peso de sus efectos. No saben lo que se están perdiendo. Al menos, que destinen un día para quedarse solos en casa o en familia, prepararse una jarra de jugo de tamarindo con hielo picado cuando estén haciendo esos calores impresionantes, y verán. Pues si les da miedo las urgencias fisiológicas en la calle, que no salgan, vean televisión al lado del baño y ya está, después que haya papel higiénico, no veo cual es el complique. Pero que hagan el intento, y ahí sí después, que hablen, pero desde la experiencia, y no desde las especulaciones.


Al salir de la oficina luego de la diligencia, pasé por debajo del árbol de tamarindo en la plazoleta. Quedé asombrado por no haberme percatado nunca de su existencia, y sé que tiene muchos años de estar ahí, refrescando el lugar ante tanto calor y dando sombra ante el sol abrasador. Siempre me brindó su sombra, cuando me sentaba en el borde del muro a esperar alguna amiga de la universidad, o cuando me tomaba una naranjada helada en el puesto de frutas, que ahora ya no está; o cuando hacia llamadas telefónicas en la venta de minutos por celular. Y ya sé porque no lo advertí, es que lo más llamativo de ese árbol es el fruto. Al mirarlo, noto que los frutos están muy arriba, inalcanzables, de hecho busqué la manera de tomar uno y no fue posible, ni modo de montar el árbol. Unos policías se extrañaron conmigo, por contemplar el árbol de manera inusual, como con curiosidad. Pensarían tal vez que era algún ingeniero forestal, un botánico o un biólogo; le miraba las ramas, las hojas, el tronco, y más arriba el manjar que muchos ignoran. Hasta los costeños que pasan por las sombras ni sabrán lo que hay entre el follaje. Bueno, a no ser que entren a la oficina en la que estuve, y tengan la capacidad de detallar las bondades del árbol a través de la ventana, más aun, cuando esté en cosecha. Dudo mucho que alguien suba a ese árbol, hoy en día los niños no lo hacen, a un adulto lo tildarían de loco; y con tanto policía, de seguro lo multarían, ahora más, con el dichoso nuevo código policial.


Aunque no es delito montar un árbol, no falta el “tómbo” novato, que lo aproveche como un pretexto para hacerse notar y aplicar mal la ley. El árbol no es tan grande, al parecer alguna vez lo fue, en verdad no me acuerdo, pero parece tener señales de que fue talado su troncó hace años, pero después volvieron a crecer sus ramas para dar sombra. Si no estoy mal, algún funcionario insensible que quiso recuperar el espacio público de la plazoleta, lo mandó a podar para que los vendedores desalojaran, porque ya no había sombra que los resguardasen del sol. Por eso, les toco irse del lugar al vendedor de frutas y de refrescos, y a los de minuto por celular.

Barrancabermeja es tierra de mangos, hay muchos de estos árboles esparcidos en la ciudad; pero podría haber otras especies frutales. En los andenes, parques, antejardines, bulevares, o en cualquier espacio público del municipio, se deberían sembrar más y variados árboles frutales; como una alternativa sustentable para los pobres, o los habitantes de la calle, o para aquellos locos que sí tuvieron niñez, disfrutaron de montar un árbol y, quisieran rescatar la capacidad de asombrarse otra vez. También, se podría proponer un curso vacacional para niños, donde se les enseñe a treparlos, a tertuliar sentados entre sus ramas, y a coger un fruto con la mano sin necesidad de tirar piedras o palos para tumbarlos. Si hubiese muchos árboles frutales en las calles, sin dueños, los que no tuviesen para comer, mitigarían su hambre sin pedirle a nadie. Que comieran solo lo que necesiten y no para desperdiciar. Al parecer, el árbol de tamarindo de la plazoleta es el único que hay en esa zona de la ciudad, por lo tanto, sería un crimen ambiental volverlo a talar. Más bien, para darle la importancia que se merece, siendo yo una autoridad ambiental, propondría y trataría que las cosechas de ese árbol fueran tomadas para extraerles la pulpa, hacer jugos y bolitas de tamarindo, para ofrecer en un puesto colocado debajo del mismo árbol; anunciando que son de este árbol que le está dando sombra, además de refrescar y endulzarle la vida. Así la gente aprendería a valorar sus bondades y generosidad. Y si hay prevención al degustar el jugo en la calle, pues que se lo lleve para la casa y allá lo toma con calma, pero eso sí, cerca de un baño.


Giancarlo Pernett Rozo


© 2018 by Daniel E. Cañas Granados