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LA VENGANZA ES MÍA Por Alfonso Camargo Fajardo

-¿Cómo puede uno saber si los resultados obtenidos fueron con el respaldo de Dios?-, esta pregunta aún seguía en mi mente a pesar de la respuesta que el cura me dio en la reunión de la comunidad, que esa noche había sido más extensa, precisamente, porque dicha respuesta originó muchas preguntas. Llegamos muy tarde a casa porque llevamos hasta la suya, a unos amigos que vivían en un barrio muy lejano, pero llegar a casa siempre será un motivo de tranquilidad, por lo tanto, pensé: -Bueno, ahora a dormir porque mañana será otro día-, pero...


-No hay leche y hay que sacar a Bonnie al paseo- dijo mi esposa, y fue entonces cuando mi paz espiritual desapareció para dar lugar a todos mis defectos emocionales. -El niño debe tomar el tetero y la perra tiene que salir- fueron los argumentos de mi esposa para frenar la protesta que intenté realizar.


Salir a las diez y media de la noche, con una mascota y la "misión" de comprar una bolsa de leche en alguna tienda que todavía estuviera abierta, no era el mejor programa en el sector donde vivíamos, colindante con un barrio marginal y con un alumbrado público deficiente, pero no obstante, resolví hacerlo.


Por estar pendiente de mi mascota descuidé mis precauciones, y sólo me percaté de ello, cuando vi aquel individuo sentado en el piso un metro adelante de nosotros.


-¡Parce déme ese reloj y la plata!- me dijo cuando yo ni siquiera había decidido devolverme o pasarme al otro andén.


-¿Por qué razón?- dije sin darme cuenta de lo que estaba diciendo y traté de escapar, pero al pisar la zona verde resbalé, caí al piso y se me cayeron las gafas. Bueno, ahora tenía tres problemas: buscar mis gafas, asegurar a mi mascota y ver que hacía aquel tipo, quien ya se había puesto de pie, y vociferando: -Ahora este maldito se va a hacer matar- se dirigió hacia mi. Cuando mi mano palpó las gafas, alcancé a ver una mano con algo brillante que pasó delante de mis ojos, y escuché el rugido de Bonnie.


-¡Ahora sí me jodí!- pensé mientras trataba de incorporarme antes de que él lanzara su segundo golpe. Cuando por fin lo logré, me puse las gafas y volteé a mirar para saber el porqué el tipo se quedó callado e inactivo, pero sólo vi a Bonnie. ¡Uff, me salvaste! le dije a la perra sin darme cuenta que ella no entendía ni jota de lo que yo decía ni de lo que yo había hecho.


-¿Qué hago ahora?- pensé mientras veía que hacia adelante había una zona oscura pero más allá, en la esquina, habían unas personas conversando, en cambio, hacia atrás todo se veía solitario y tendría que pasar la esquina, donde probablemente estuviera el bandido escondido. Decidí seguir adelante y al llegar sin contratiempo a la esquina, mi siguiente objetivo era encontrar la tal bolsa de leche, tomar un taxi y volver a casa a contar mi valerosa hazaña. Tuve que caminar dos cuadras más para encontrar una tienda abierta, que afortunadamente tenía la bolsa de leche que buscaba, pero al pagar, me dí cuenta que solamente tenía un billete de $5.000 porque los otros $20.000 con los que penaba pagar el taxi, los había gastado tanqueando el carro antes de la reunión. No tenía otra alternativa, ¡regresar a pie!


Recordé entonces que mi papá alguna vez me dijo que cuando él pasaba por una calle oscura y sola, recogía piedras y se adentraba en la oscuridad haciéndolas sonar para que quien lo estuviera esperando, supiera que iba armado. También recordé en este momento que nunca me dijo si efectivamente las utilizó, pero decidí hacer lo mismo.



Bueno, encontrar piedras en una ciudad que tiene todas sus calles pavimentadas, es una tarea difícil pero afortunadamente no es imposible, y logré encontrar cuatro piedras de regular tamaño que introduje en mis bolsillos, dejando la más grande en mi mano derecha, mientras en la izquierda llevaba la bolsa de leche y la correa que sujetaba a Bonnie. Pasé por el lugar donde me encontré con el tipo, con los pelos de punta pero mirando hacia todos lados, y no lo vi; llegué a la esquina casi que en posición de ataque, o sea, si lo veo le lanzo la piedra y ¡a correr se dijo!, y tampoco lo vi.


-¿Tienes miedo maldito?- alcancé a gritar (bueno, en realidad creo que fue un murmullo pero es de suponer que el tipo lo alcanzó a escuchar) y seguí mi camino. Al llegar a la portería, tiré las piedras en la zona verde y me disponía a entrar cuando el vigilante me dijo: -Don Alfonso, no puede dejar esas piedras ahí-


Ustedes comprenderán que después de semejante experiencia, que un vigilante le hable a uno en ese tonito para decirle esa pendejada, pues se le sale la piedra a uno, por lo tanto, sin decirle ni pío, cogí las piedras, y una por una, las lancé al matorral que había al otro lado de la calle.


Llegué a casa y después de aclarar a qué se debió la demora, y sin mencionar el insuceso que pudo haber causado mi deceso, me acosté a dormir no sin antes agradecerle a Dios por la ayuda, y hasta le reclamé porque no me dejó "darle una lección a ese pillo".


Al día siguiente, como de costumbre, salía a las siete de la mañana hacia el trabajo y al llegar a la portería, vi un tumulto al otro lado de la calle, le pregunté al vigilante y me contestó: -Acaban de recoger a un tipo, en ese matorral, que parece que le dieron un garrotazo en la cabeza-


-¿Estaba muerto?- pregunté mientras empezaba a temblar.


-No, estaba vivo pero inconsciente. Se lo llevaron en la ambulancia- Me contestó.

Todavía no estoy seguro si fue imaginación mía, si fue el locutor que escuchaba en el radio del carro, o si fue alguno de los curiosos, pero escuché estas palabras: "la venganza es mía".


Alfonso Camargo Fajardo

© 2018 by Daniel E. Cañas Granados