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LA DOBLE A por Alfonso Camargo Fajardo

Después de dos horas de conducir mi vetusto Renault 6, bajo un sol canicular, y luchando contra el peligro del sueño repentino en aquellas rectas interminables, logré ver la señal que indicaba la proximidad de mi lugar de destino, un pequeño pueblo del Magdalena Medio, el Corregimiento El Centro, a orillas de un río que en otros tiempos fue el principal medio de transporte, pero hoy, sólo es una corriente de agua que perezosamente, se desparrama por el valle formado entre las cordilleras Oriental y Occidental. Decidí entonces detenerme en la estación de gasolina situada a la entrada del pueblo, un caserío llamado El 23, con el fin de estirar mis piernas, tomar un refresco y dejar descansar el motor del carro por unos minutos. Me estacioné al lado del edificio más grande que ostentaba en su fachada, un letrero con letras de color verde que decía: RESTAURANTE. La alegría por haber logrado hacer un trayecto tan largo, sin inconvenientes mecánicos y sin molestias orgánicas, unida a la ansiedad por saborear una bebida helada, hicieron que me dirigiera raudo hacia el único lugar que gozaba de la sombra de un frondoso árbol de mango, donde estacioné mi carro, y al apagar su motor exclamé: ¡Gracias Dios por permitirme llegar hasta acá!

Al cerrar la puerta y dar media vuelta para dirigirme al restaurante, la vi al lado del majestuoso árbol, y no se si me sorprendí por no haberla visto antes, por esa extraña frescura que reflejaba en medio de aquel ambiente abrasador, o por su impecable vestido azul que cubría su cuerpo desde los hombros hasta los pies. -¡Hola!- le dije sin ser consciente de mis palabras, pero ella, solamente me miró fijamente sin decir una palabra. Mi boca reseca me recordó hacia donde debía ir en vez de estar mirando una vieja muda, así que seguí mi camino hacia el restaurante.


Entré en el lugar y de inmediato, un joven se levantó de su silla y me saludó. -Dame una cerveza- le dije, y a renglón seguido le pregunté: -¿Esa vieja de azul es sordomuda?- La cara de asombro del joven, me hizo caer en cuenta de la torpeza que acababa de cometer al referirme en esos términos, sobre una persona que a lo mejor sería su mamá, pero cuando intenté disculparme, me dijo: -¿La vió usted? Ella es la Doble A-. Mi cara de confusión debió indicarle que no había entendido nada y prosiguió su relato, no sin antes servir la cerveza que le pedí e indicarme que me sentara. Fue entonces, cuando me relató esta historia:

-Mi abuela me contó, en los años de mi inocente infancia, cuando ella era joven y bella, que en los tiempos de la violencia bipolar (Liberales-Conservadores), una señora de edad avanzada, admiradora acérrima del Caudillo del Pueblo, Jorge Eliécer Gaitán, bastante dolida por su asesinato, y después de haber ingerido una cuantas totumadas de guarapo, salió por las calles gritando: ¡Viva el Partido Liberal!, ¡Abajo los Godos!, ¡Viva el Caudillo del Pueblo!, y otras arengas, que enfurecieron a ciertos gamonales del Partido Conservador, que era el partido dominante en aquel Corregimiento. Dos de ellos, que además de ser hermanos del Corregidor, eran carniceros, al escuchar a aquella vieja y sus gritos destemplados, tomaron cada uno un cuchillo de esos que llaman "mataganado", y se abalanzaron sobre ella, como lo hicieron años después los hermanos Pedro y Pablo Vicario contra Santiago Nasar, en un pueblo de la costa caribe, o sea, no fueron a abrazarla con sus brazos y delantales sucios de la sangre de los animales sacrificados, y mucho menos, a regalarle "una librita de boge pa'l almuerzo", sino que arremetieron contra ella, clavando sus cuchillos en su frágil cuerpo. Dicen los que estaban allí presentes, mi abuelita fue una de ellos, que la dejaron con más huecos que un saco de fique, de ésos que utilizan para transportar la papa, pero la viejita no cesaba de gritar sus consignas, hasta que se fue debilitando por la pérdida de su líquido vital, y fue entonces, cuando lanzó una exclamación que a todos estremeció: "¡Conservadores hijueputas!, me mataron hoy por ser de pensamientos rojos como mi sangre, la cual, les dejo aquí derramada junto a mi cuerpo, pero mi espíritu queda libre, y hasta cuando vuelva nuestro Señor Jesucristo, caminaré por estas calles, vestida de azul para recordarles a ustedes, a sus hijos y a los hijos de sus hijos, la infamia que hicieron"


Desde entonces, me dijo la abuela, por las calles del pueblo, en cualquier momento la gente se encuentra con la Doble A, que quiere decir, la Abuela Azul; le decimos así, porque los Conservadores prohibieron que se hiciera mención a aquella viejecita, quien un día cualquiera, después de tomarse unas totumadas de guarapo, salió por las calles a gritar su rabia por el asesinato de aquel líder que pudo haber cambiado el rumbo de la historia. Dicen que si quien la ve no es Conservador, es posible que reciba un mensaje telepático (o del más allá, como dicen los religiosos), que le revele el lugar donde ella escondió una gran cantidad de monedas de oro, fotografías del Caudillo del Pueblo, la fórmula para hacer guarapo que no produce guayabo, y otras cosas.


¿Qué le dijo ella?- Me dijo el muchacho mirándome a la cara, hasta cuando salí disparado hacia el lugar donde había estacionado mi carro, esperando verla allí, pero ya no estaba.

Después de tomarme cinco cervezas junto a mi carro, sin quitar la vista de aquel árbol de mango, decidí llamar al cliente que visitaría esa tarde, para decirle que sólo podría llegar al día siguiente.


Alfonso Camargo Fajardo


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