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11. PAVIMENTACIÓN EN LA BARRANCABERMEJA DONDE VIVÍ.

Actualizado: 8 de jul de 2018

Hoy desperté recordando el día aquel, cuando mi madre llegó a nuestra casa con la mejor noticia desde que junto a mi padre decidieron llegar a vivir a un barrio llamado Palmira; lugar donde tiempo atrás habían comprado un lote situado en una manzana de 5 lados colindando con 14 vecinos; y ahí a medio construir: Dos habitaciones en mampostería desplomadas, con un cielo raso de madera y tejas de zinc; eso sí, el lote tenía un local de 4 mts x 14 mts donde mi padre por fin tendría su propia carpintería con un espacio suficiente para darle vida a las puertas y ventanas que elaboraba con su madera preferida: El Guayacán. Ese lote quedaba ubicado donde hoy funciona un almacén de pinturas, frente al almacén Yamaha, donde antes estaba el  famoso Gachaneque. La noticia:

-¡PAVIMENTARÍAN EL BARRIO!


Afortunadamente nuestro sector a pavimentar, le tocó a un Ingeniero de apellido Martínez, del cual recuerdo muy especialmente su educación y su gran capacidad para oír pacientemente a los vecinos con todas y cada una de sus “iniciativas”: - ¿Ingeniero: Sueño con hacer un edificio de 50 pisos, será que me puede hacer el alcantarillado desde ya?, lo anterior, solo por mencionar solo una de ellas. Lo cierto es que fuimos muy afortunados por contar para nuestra pavimentación con buen contratista, de esos capaces de cumplir con los tiempos y en el costo establecidos en un contrato, cualidades muy poco vistas en los contratistas de hoy en día. 


Con los trabajos de pavimentación, de un día a otro, nuestras calles polvorientas se vieron llenas de excavaciones, montañas de tierra cubiertas con plásticos para su conservación, tuberías para las redes de aguas lluvias y del alcantarillado, ladrillos, arena, cemento, trompos mezcladores, retroexcavadoras, y especialmente de una gran cantidad de personas desconocidas: Ingenieros, Topógrafos, maestros de construcción, ayudantes, obreros, etc, muchos de las cuales llegaron a nuestras calles con un propósito adicional: Conquistar a las niñas vecinas… a nuestros amores, por las que cualquier niño de mi edad estaba dispuesto a ofrendar su corta vida… o por lo menos la plata de nuestro recreo, así ellas nunca tuvieran la oportunidad de conocer nuestras intenciones, por nuestra timidez.


Lo que para nuestros padres era un dolor de cabeza, pues no podían entrar sus carros a los garajes, o por dañar sus zapatillas o zapatos cuando caminaban por el lodazal que se formaba con las lluvías, para nosotros (los niños), eran totalmente diferente: Por primera vez nuestro barrio contaba con un parque interactivo: Con piscinas y toboganes formados por el agua lluvia empozadas en las excavaciones, pistas de bicicrós sobre cadenas interminables de tierra, o escondites improvisionados entre los tubos y maquinaria que hoy serían el mejor campo de guerra envidiado por cualquier jugador de Paintball; sin mencionar que por primera vez se tenía una playa llena de arenas para jugar frente a nuestras casas y en donde se podía construir castillos medievales o simplemente cubrir nuestros cuerpos sin tener que viajar a conocer el mar.


Recuerdo también el problema que se les convirtió a nuestros padres las calles dañadas o “vueltas un ocho” como decía mi madre, antes entusiasta ciudadana que apoyaba el proyecto, y durante su construcción su mayor critica. Ya no les era posible a nuestros padres salir a la puerta de sus casas y al divisarnos gritar "Para adentro” y ver como obedeciamos de inmediato; ahora les tocaba por obligación recorrer toda la obra, muchas veces con una correa en la mano, inspeccionando cada sitio como si se tratara del más aplicado supervisor, hasta ubicarnos jugando o hablando placenteramente con los otros niños tendidos sobre un montón de tierra o dentro de uno de los tubos dispersos por toda la calle, para posteriormente corretearnos con la amenaza de pegarnos, hasta que entrabamos en nuestros hogares.


No hay duda; la única forma de tener piscina en nuestros barrios en ese tiempo, era cuando se adelantaban los trabajos para pavimentar nuestras calles; obras que se convertían en triste despedida a los charcos donde jugábamos cada vez que llovía. Apropósito de charcos, recuerdo que muy cerca de donde vivía existía un lote en donde se empozaba el agua, era en ese sitio donde caíamos riendo a carcajadas después de volar por el aire sobre un triciclo viejo, momentos después de ser “empujados” por los demás niños… la pista de “despegue”: Un andén en cemento que terminaba con un pequeño desnivel ascendente al final del mismo que hacía las veces de rampa. El juego lo ganaba él que llegara a volar junto con el triciclo viejo más alto y más lejos.


Todo esto sucedió cuando niños, durante la pavimentación de mi barrio Palmira, en la Barrancabermeja donde viví.


Daniel E. Cañas G.




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