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DEUDA DE HONOR Por Alfonso Camargo Fajardo

Actualizado: 21 de ago de 2018

-¡Vamos tonto! No te puedes quedar ahí sentado viendo la vida pasar; ¡vamos!, ayúdame a vender estos periódicos y te invito a un cono donde Doña Elvia- me dijo en un tono que indicaba que el paso siguiente era que me cogiera de la oreja y me llevara arrastrado tras él.


Al llegar al cruce, aquel lugar que existe en la entrada al barrio La Floresta, donde confluyen la carretera que viene de El Llanito, la carretera que viene de La Floresta y la carretera que viene de la estación del Ferrocarril, me entregó 4 ejemplares de Vanguardia Liberal, el periódico de Bucaramanga que se vendía en Barrancabermeja, diciendo: -Toma, te vas hacia el Pasonivel; si los vendes todos te devuelves y me esperas acá. Yo iré a La Porra, a la Trilladora y a la Bomba a entregar las suscripciones. ¡Pónte las pilas!- y salió a pasos largos en esa dirección mientras yo pensaba por dónde empezar.


Decidí irme por el costado izquierdo para no atravesar la calle y porque vi a un señor robusto, entrado en años, impecablemente vestido, con un sombrero estilo gardeliano, de fieltro y de ala angosta, sobre su cabeza, con una cartera de cuero, delgada y de mediano tamaño, debajo del brazo, a quien inmediatamente identifiqué como cliente potencial de mis periódicos. Cuando estaba a tres o cuatro pasos de él, se lanzó a la calzada y sin mirar a ambos lados de la calle, se dirigió hacia otro tipo que por la acera contraria, venía desde el Pasonivel. -¡Qué bueno!, dos clientes, dos periódicos vendidos- pensé y atravesé también la calzada después de mirar hacia todos los lados. Cuando llegué donde ellos estaban alcancé a escuchar al tipo del sombrero que le decía al otro: -¿Trajo la plata que me debe? -Ya le dije que todavía no le puedo pagar- respondió el otro con gran palidez en su rostro y con cara de asombro. -¿Qué fue lo que le dije? ¿Usted cree que yo soy pendejo? ¡Págueme o lo arreglo aquí!- le dijo el del sombrero mientras sacaba la cartera que tenía debajo del brazo, lo que hizo que me recostara en las latas de zinc que servían de cerca al antejardín de la casa que estaba a nuestro lado. -Si usted me mata, se queda sin amigo, sin plata y con el pecado. ¡Tranquilo Fabio! Déme unos diitas más y le pago- respondió el otro cuya cara ya parecía de cera. Nunca, en mi corta vida, había presenciado una escena como ésta; ni siquiera cuando Pacho, el fortachón de nuestro salón le reclamó con un bate de béisbol en la mano, al profesor Serrano por haberle puesto un uno en el examen de Geografía.


Mi corazón aceleró sus latidos que resonaban en mis oídos, y mis pies, se volvieron tan pesados que no podía moverlos. No se por cuál razón levanté los periódicos que tenía en mi mano izquierda, para cubrir mi pecho, mientras apoyaba mi mano derecha en una de las latas de zinc de la cerca, que estaba tan caliente como una plancha, mientras Fabio, el del sombrero, sacaba de la cartera un enorme cuchillo como los que usan en las carnicerías, y levantándolo ante los ojos del otro tipo, le dijo: -¡Me paga ahora o nunca!- Si yo que sólo era un espectador, no podía ni mover mis ojos del susto, mucho menos el otro tipo pudo decir algo, del susto que le dio ver semejante cuchillo delante de sus ojos. Fabio interpretó ese silencio como una negativa, y sin más ni más, y con un rápido movimiento, hizo un círculo en el aire con aquel cuchillo que terminó un poco más abajo del ombligo del deudor. En mis oídos sonó un ¡AY! pero no fue del herido, sino de una mujer que al otro lado de la calle contemplaba la escena. Rápidamente, Fabio sacó el cuchillo y sin mirar siquiera, lo volvió a clavar en aquel estómago que empezaba a tomar un color rojo de la sangre que brotaba. Cuando Fabio sacó nuevamente su cuchillo, tras de él salieron los intestinos de aquel hombre, cayendo al piso salpicando sangre por todos lados. Segundos después, aquel hombre herido de muerte, se derrumbaba sobre sus entrañas desparramadas, quedando inmóvil para siempre.


La vieja de la acera del frente salió corriendo y gritando !LO MATÓ! ¡LO MATÓ!, mientras yo seguía allí mirando, sin saber por qué no salía corriendo como esa vieja. Fabio miró el cuerpo inerte en el piso y después miró hacia los lados.


Fue entonces cuando se dio cuenta que yo estuve allí todo el tiempo, y que lo había presenciado todo. En ese momento recordé que mi mamá nos insistía siempre: "orinen antes de salir de la casa para que no se meen en la calle", pero un calor que me recorrió las piernas me dijo que ya era muy tarde. Creo que Fabio me dijo que le vendiera un periódico, pero yo seguía allí estático pensando en cómo se verían mis tripas en el piso, y en cuánto sería el dolor de esas cuchilladas.


Solo cuando me arrebató uno de los periódicos, y limpió con él la sangre del cuchillo, recuperé la respiración y mi instinto de salvación, pero antes de que saliera disparado de allí, Fabio me dijo: -las deudas de honor se pagan con plata o con la vida. Bueno, ahora me voy a entregar a la policía- y atravesando la calle, le hizo señas a un bus que iba hacia el comercio, cómo se le decía en Barrancabermeja al centro de la ciudad.


La gente empezó a rodear el cadáver y a murmurar un montón de cosas ininteligibles. Nadie parecía darse cuenta que Fabio, el asesino, se retiraba de la escena del crimen sin que nadie lo detuviera. Sin pensarlo dos veces, atravesé la calle y parandóme al frente del bus que ya iniciaba su marcha, lo hice frenar bruscamente.


Me dirigí hacia la puerta de entrada, donde alcancé a ver al asesino que se disponía a tomar asiento, y entonces, le grité con voz entrecortada pero dispuesto a todo: ¡Fabio, me debe el periódico! ¡Esa es una deuda de honor para mí!


Alfono Camargo Fajardo

© 2018 by Daniel E. Cañas Granados