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DESDE MI BALCÓN: LA PROCESIÓN. Por Jesús Alberto Sastre Niño.

Actualizado: 13 de oct de 2018

DesdesdeDesde que fui monaguillo, en aquellas épocas encantadas de mi niñez, no había tenido tanto acercamiento con un cura ya siendo adulto, comocomo lo tuve con Mario José Plata (Q.E.P.D)

DDesdesde que fui monaguillo, en aquellas épocas encantadas de mi niñez, no había tenido tanto acercamiento con un cura ya siendo adulto, comocomo lo tuve con Mario José Plata (Q.E.P.D)

DDesdesde que fui monaguillo, en aquellas épocas encantadas de mi niñez, no había tenido tanto acercamiento con un cura ya siendo adulto, comocomo lo tuve con Mario José Plata (Q.E.P.D)DDesdesde que fui monaguillo, en aquellas épocas encantadas de mi niñez, no había tenido tanto acercamiento con un cura ya siendo adulto, comocomo lo tuve con Mario José Plata (Q.E.P.D)

Él fue mi compañero de trabajo como educador, mi amigo personal y el hombre que me dio la bendición el día de mi matrimonio, pero de él, hablaremos más adelante.


Aún recuerdo con nostalgia, cuando fui acólito siendo un infante de apenas nueve años y recuerdo también aquel tiempo de mayor actividad que se concentraba para la época de navidad o para la fecha de la Semana Santa o semana mayor como se le denomina.

Recuerdo que, en aquella época el oficio me apasionaba más que el juego de la pelota, el trompo, las maras, la golosa, o cualquier otro juego, sano e inocente, pero callejero que tuviesen los muchachitos de mi edad, por aquel entonces en las calles, aún rusticas y sin pavimentar del vecindario

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La semana mayor para mí, implicaba tener que despertarme por el reloj biológico, levantarme sin pereza alguna y medio juagar la boca y medio limpiarme la cara y mojarme el cabello con agua helada, para luego, salir muy temprano de casa, aun, cuando no aclaraba todavía el día y dirigirme tiritando de frio, las tres cuadras que implicaban llegar a la Iglesia principal del pueblo, donde por lo general, Don José Acosta, un hombre con apariencia de bonachón, pero malgeniado y refunfuñón a la hora de prestar sus servicios de sacristán en la parroquia, ya nos estaba esperando, a mí y a todo el grupo de acólitos que conformábamos el acompañamiento de los oficios religiosos.


Había madrugadas; en especial aquellas donde la noche anterior, la bóveda celestial se había mostrado en todo su esplendor, con sus constelaciones a flor de piel y sus millones de luces brillantes y hasta la lluvia de meteoritos cayendo como si fuesen estrellas que se descuelgan desprevenidas de sus orígenes, haciendo de estas, las madrugadas más frías y ese ambiente penetrante y helado que cala en los huesos

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Las madrugadas de las heladas a las que tanto le temen los campesinos de la región, porque queman sin compasión sus cosechas. Esas que envuelven todo en una nube densa, espesa, que no permite mirar más allá de un metro de distancia. Aun así, había que atravesar el inmenso parque y llegar hasta la iglesia.


Una vez allí, Don José ya nos tenía destinados todos los oficios que había que realizar sin demoras. Había que barrer y trapear toda el área correspondiente al altar, había que limpiar mobiliario, ubicar floreros, mientras él, se encargaba de manteles, de libros sagrados y de micrófonos y sonido, no sin antes pegarse una escapadita a un rincón secreto que tenía para beber a sorbos rápidos el vino de consagrar y el cual nosotros ya le habíamos descubierto, pero con picardía infantil le guardábamos el secreto.

Casi siempre yo era el encargado de tocar las campanas para anunciarle a la comunidad, el comienzo de cada actividad religiosa. Como era semana santa, el protocolo prohibía hacer sonar el campanario y en su reemplazo se debía tocar un aparato especial; algo así como una rueda de tablas en forma de aspas, que al girar son golpeadas por pequeños mazos, produciendo un ruido seco y muy desagradable, llamado LA MATRACA

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Ese ruido indescriptible y desesperante de la matraca, se esparcía por todo el vecindario en reemplazo del sonido claro y melodioso de las campanas. Sin embargo, a mí me encantaba hacerlo, porque lo hacía con pasión, con ganas desenfrenadas, gracias a la fuerza innata que poseía pese a mi corta edad. Era tanto, que don José el sacristán, alguna vez llego a ponerle punto final a la tocata, porque me había excedido en el tiempo de hacerlo.

Una vez hecho el primer toque a las 5:30 am, Doña Magolita, (La empleada doméstica del curita) llegaba infaltable a la sacristía con una olla de agua de panela caliente, la cual servía y repartía con gusto a cada uno de nosotros, junto con una buena porción de queso campesino y una o dos almojábanas, según la hambruna. Ese era nuestro desayuno.


El resto de la jornada era agotador entre ceremonias, procesiones y demás oficios religiosos correspondientes a la celebración de la semana santa. Así fue siempre hasta el día que finalizo el permiso por parte de mi padre, para dedicarme de lleno al trabajo familiar y al estudio.


Desde entonces y solo hasta muchos años después, cuando llegué por primera vez, con mi nombramiento de educador a ese prestigioso colegio de Barrancabermeja, el Técnico Industrial y después de pagar la primiparada correspondiente, fue que me acerqué por diferentes razones a ese hombre portentoso, de piel muy blanca y fina. De cabellera plateada y voz gruesa. De ojos azules envidiables que le daban ese porte como de europeo.


Siempre con una sonrisa amable y cálida a la hora de saludar, llamado Mario José Plata. El cura de entonces, del barrio Galán de nuestra ciudad, del cual fue fundador de su parroquia, el Profesor de religión de nuestro Colegio, lo que nos hacía compañeros. Capellán a la vez, lo que lo hacía mi guía espiritual y, además, miembro muy allegado a la familia de mi esposa.


Nada de esto tendría relevancia de no ser, porque en los años ochenta, muy recién fallecido el Padre de mi esposa y en una semana santa, a Mario José, gran devoto de la Virgen, se le dio por cambiar los protocolos del Viernes Santo y durante los oficios religiosos de la cuaresma, se entregó a promocionar una romería hasta la imagen de la Virgen del Carmen, como acto de sacrificio y penitencia.


La estatua está ubicada a diez kilómetros aproximadamente del casco urbano, en la entrada del camino hacia San Vicente de Chucuri, el pueblo natal del cura.


Mi suegra que estaba atravesando momentos muy difíciles, por el duelo de la ausencia de su esposo nos hizo llegar la noticia.


Sabíamos que la hora de partida de la procesión, era a las 9am desde la puerta de la iglesia María Auxiliadora del Barrio galán. Nosotros decidimos esperar la caravana en el cruce donde hoy es el intercambiador vial

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Lo curioso es que había cientos de personas apostadas a un lado de la vía, también esperando la procesión, hasta cuando los vimos venir. Unos monaguillos vestidos con sus ornamentos venían encabezando, y detrás de ellos venía Mario José, con su caminar garboso y su voz engolada, que a través del megáfono que le sostenía un feligrés, se hacía más fuerte y gruesa. Venía rezando el rosario, mientras los cientos de feligreses que le seguían, contestaban a cada ave maría

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El día estaba crudo todavía y el astro rey buscaba la manera de acomodarse, para hacernos sentir sus rigores. Los que estaban apostados a las orillas del camino, se iban uniendo a la procesión de manera silenciosa, haciendo que la cola de la misma pareciera infinita.

Muy cerquita al cura venia mi suegra, la cual nos hizo señas para que la acompañáramos. Mario José, al verme y pese a su concentración, esbozó una sonrisa de satisfacción que aún la llevo grabada en mi mente y en un momento determinado, en un pequeñísimo espacio me pregunto en voz baja:


<<<Jesús ¿Viene mucha gente?>>>


No dude en contestarle;


<<<Se vino toda Barranca Padre>>>


Él volvió a sonreír y continuo después más enérgico de lo que venía. Su paso por momento era largo, casi militar y mi Suegra que era excelente caminante, con disimulo le dijo al oído:


<<<Padre hágale más despacio que vienen personas de la tercera edad y no aguantan el ritmo>>>


Él no respondió, pero disminuyo su andar. Para cuando llegamos al lugar conocido como el retén, los pocos negocios que abrieron sus puertas para la venta, habían agotado todas sus reservas de agua en bolsa y botellas.


Muchos jóvenes se veían salir de la manada e ir prestos en busca de bebidas hidratantes para sus familiares. Muchos llevaban sombrillas, otros no, pero nadie se arrepentía de la caminata, al contrario, en inicio, la gran mayoría lo tomaron como un día de paseo y había que aprovecharlo.


Todo aquel que conoce Barrancabermeja sabe el largo trecho que hay desde el retén (Lugar llegada _Salida de la ciudad) hasta la estatua de la Virgen del Carmen. Una hora, dos horas, tres horas y nada que se llegaba, caminando sobre esa extensa cinta de asfalto hirviente y bajo el sol canicular, que se ensañaba en quemar la piel sudorosa


Tal parecía que la Virgen sabía de la visita que le esperaba y corría su puesto donde estaba anclada, para más adelante. Aun así, la gente no dejaba de caminar.


Poco a poco nosotros nos fuimos rezagando y tan solo iban rezando los que iban cerca al cura, los demás, olvidaron el propósito religioso de la caminata y convirtieron la procesión en un chismeo impresionante. No se guardaba la discreción y cuando algo parecía jocoso explotaban en carcajadas con desparpajo. Ya no era una procesión de semana santa, sino una excursión que nunca se había realizado.


Las beatas más ancianas, habían quedado orilladas en cualquier espacio con algo de sombra, en compañía de sus nietos o de algún familiar esperando la devolución de la caravana.

Por ser viernes santo el tráfico vehicular era casi nulo, de manera que había que caminar, se quisiera o no. No hubo acompañamiento policial, ni de los bomberos voluntarios, ni de la defensa civil. No había ambulancias, ni camillas, en caso de una emergencia. Tampoco hubo cámaras grabando porque en aquellos tiempos no existían los celulares y los periodistas no previeron que la gente de Barrancabermeja, optara por irse aquel viernes, toda a esa caminata.


Cuando por fin llegamos al lugar indicado, Mario José hacía rato le había hecho el ofrecimiento del sacrificio a la Virgen y estaba sentado en una silla destartalada que le había cedido un campesino de la región,


Su tez blanca se había tornado roja y parecía un camarón. Consumía toda el agua que le alcanzaban casi con desespero y cuando me volvió a ver, me hizo un guiño para comentarme algo en voz baja.


<<<Jesús, yo no sé en qué momento me metí en esta locura>>>


Si desea voy y le consigo un transporte le dije


¡No! respondió enfático. <<<Promesa es promesa y hay que cumplirla. Nos devolvemos a pie>>>


Días después, nos encontramos como compañeros en las instalaciones del Colegio y con una gran carcajada me contó:


<<<Casi me echan de cura. Los demás párrocos de la ciudad, estaban furiosos conmigo porque ese día los deje sin feligreses>>>


Por alguna razón, mi memoria me trajo de nuevo aquella anécdota inolvidable sobre lo ocurrido al curita de Guatavita muchos años atrás y sentados en la cafetería del Colegio degustando un exquisito tinto y ante la presencia de muchos compañeros de trabajo, se la conté con desparpajo y lujo de detalles a Mario José de la siguiente manera:


Siendo en aquellas épocas todos los pueblos de los altiplanos cundiboyacenses, de costumbres arraigadas y netamente católicas, es cuando nace entonces en una semana santa, la famosa leyenda de lo ocurrido en el municipio de Guatavita, ubicado en cercanías de la Capital de Colombia y que es, muy diferente a la leyenda del Dorado, ocurrida en los mismos territorios, pero que surgió en épocas de la conquista.

La leyenda de Guatavita dice que, por disputas muy severas de carácter político entre conservadores y liberales de la época, en los mediados del siglo veinte, en los cuales se vio involucrado el cura párroco del municipio, Isaac Fernández quien, por naturaleza, era de tendencia conservadora y un apasionado para mezclar la religión con la política, aprovechando los beneficios del púlpito, desde donde sermoneaba a los feligreses, aleccionándoos sobre el bien y el mal y la condena al infierno si se atraían a faltarle a los principios conservadores y ultra godos de su partido político.


Siendo exactamente un jueves Santo a las 1pm, Hora precisa, donde la mayoría de parroquianos de Guatavita estaban almorzando tranquilamente en sus hogares y otros quizás en sus aposentos haciendo la buena siesta y como era un día, cuando no se podían doblar las campanas por ningún motivo por considerársele sacrílego, y principal premonición de la llegada del día del juicio final de la humanidad.

Entonces es cuando en el pueblo aparece, un hombre medio deschavetado, nihilista por convicción y aprovechando la soledad del momento, llegó con un paquete extraño muy bien cubierto para que nadie se percatara, hasta las entradas principales del templo y sabiendo de antemano, que las cuerdas gruesas que se halaban para hacer sonar las campanas, estaban ubicadas detrás de uno de los enormes portones, destapo el paquete, donde traía un cochino volantón y de manera ágil y veloz, lo ató de sus patas traseras al encordado, haciendo de inmediato, que el campanario estuviese a punto de reventar, por el pataleo del animal.


El hombre dejo el cerdo allí colgado y huyó del pueblo sin que nadie pudiera darse cuenta de su maldad. Nadie vio nada.


El revuelo generalizado por este hecho insólito del doblar de campanas, creó pánico en todas las calles del pueblo y en fincas y parcelas aledañas que en instantes se vieron repletas de gente que salía de sus casas despavoridos.


Las mujeres más beatas al oír las campanas, se desmayaron. Otras cayeron de bruces al suelo, implorando misericordia a la divina providencia. Los hombres corrían de un lado para otro en busca de sus seres queridos.


Se oían gritos, alaridos, quejidos por todas partes. Los niños enloquecían y daban vueltas desesperados, sin saber qué hacer, al no comprender lo que ocurría

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Algunos grupos familiares, no lo pensaron y arrancaron a correr cogidos de la mano entre sí, por las diferentes veredas que daban salida del casco urbano.

Dicen que el único policía que había en el pueblo, cogió su arma de dotación y sin más, llego hasta las mazmorras donde se encontraban cuatro hombres presos, acusados de robo de ganado y les grito:

<<<El mundo se va a acabar hijos de puta y antes de que se acabe, yo los acabo a ustedes, manada de cachiporros>>>

luego, les disparó uno a uno, dejándolos allí muertos y en medio de un charco de sangre y acto seguido se disparó él, en la cabeza.


<<< ¡El mundo se va a acabar! ¡El mundo se va a acabar!>>>

Era la frase que todos repetían y gritaban de manera incesante y que los invadía de tanto pánico. Las campanas seguían sonando y sonando, lo que confirmaba y hacía más evidente la premonición y hasta entonces, nadie adivinaba que había un pequeño cerdito allí detrás de ese enorme portón, escondido tratando de liberarse.


En esos momentos, no hubo diferencias políticas y los que habían sido vecinos archienemigos, al ver el mare mágnum y lo grave de lo ocurrido se alcanzaron abrazar, llorando como niños pequeños y alcanzaron hasta pedirse perdón.


Que más podían hacer, si sentían que estaban ad portas del final de su existencia. El miedo a la muerte improvista les corría como un desesperante hormigueo por las venas, máxime, cuando ese cielo azul celeste que hasta hace poco era una postal hermosa y adornaba al pueblo, se tornó oscuro, nublado y una fuerte tormenta eléctrica, comenzó a avizorarse sobre el lomo de las cordilleras vecinas.


Dicen que, del desespero algunos parroquianos veían en las nubes que viajaban por el espacio, figuras de demonios que extendían sus brazos, como queriendo alcanzarlos. Otros imaginaban ver arcángeles que extendían sus alas como queriendo protegerlos de la desgracia que se les aproximaba.


La plaza del pueblo que momentos antes estaba vacía y pacífica, se fue llenando de parroquianos enloquecidos; algunos abrazando crucifijos de madera contra su pecho, otros, con camándulas orando. Unos arrastrándose de rodillas con los brazos extendidos al firmamento y suplicando perdón por sus pecados. mientras no dejaban de observar impávidos hacia el campanario.


Un murmullo enloquecedor, aciago, se apodero de aquella muchedumbre.

Dicen que hubo muchos que se volvieron locos y perdieron la razón, desnudándose ante todos y gritando:


<<< ¡Yo soy Jesús! ¡No teman, porque yo los voy a salvar!>>>


Así duraron momentos eternos, hasta que el Señor Cura, apareció en el atrio de la Iglesia con cara de furibundo. Sus ojos brillaban como dos lanzas queriendo ser enviadas a sus víctimas. Alzó los brazos en repetidas oportunidades para pedir apaciguamiento y calma, pero la muchedumbre no le obedecía, entonces sin pensarlo mucho, entro con caminar presuroso, fue hasta sus aposentos y sacó una escopeta de dos cañones que tenía para ir de cacería de patos en sus momentos de ocio y salió de nuevo al atrio, más furioso que la primera vez, haciendo dos tiros al aire y silenciando por completo aquel lugar.


<<<! ¡Pueblo de Guatavita! les voy a hablar como hombre y no como el representante de Dios>>> dijo a todos con su voz engolada y temblorosa por la ira.


<<< ¿Quiero saber, cual fue el cahiporro, mal nacido que se atrevió a venir a profanar la Casa de Dios, amarrando a un cerdo a las cuerdas del campanario, precisamente en este día sagrado?>>> les dijo mientras mostraba al animal colgado de las cuerdas, que no dejaba de patalear y chillar.


De nuevo la confusión se apodero de la muchedumbre, pero en esta ocasión los murmullos eran de sorpresa, entre dientes, casi imperceptibles.

Dio la casualidad que la mayoría de los parroquianos presentes eran de filiación liberal y no faltó los que protestaron enérgicamente:


<<<Señor Cura háganos el favor de respetar. ¿Por qué presume usted que fueron los cachiporros, los que hicieron esta marranada, por qué no pudo ser un Godo de los suyos, o hasta usted mismo?>>>-le refuto uno de los apasionados que se encontraba entre la multitud.


<<< porque solo un cachiporro es capaz de desacralizar nuestra fe y de hacer esta maldad>>> refuto el curita a punto de infartar.

Lo que antes era un barullo, de repente se convirtió en una protesta social contra el cura párroco del pueblo y en medio de la barahúnda, se empezaron a escuchar gritos que se fueron unificando:


¡Que se vaya del pueblo!

¡Aquí no lo queremos!

¡Que se vaya del pueblo!

¡Aquí no lo queremos!


El cura sintió que las cosas se le habían salido de las manos. Que ya los feligreses no lo respetaban ni lo querían y que lo mejor era partir. Volvió a disparar su escopeta dos veces al aire para detener el bullicio y con voz seca, autoritaria, peyorativa les lanzo la siguiente maldición:


<<<Yo me voy si es lo que quieren, pero desde ya declaro que este pueblo será maldito y que habrá de desaparecer algún día, cubierto por las aguas y que las torres de esta iglesia se convertirán en nido de garzas para siempre>>>


Dicho esto, empaco maletas y se fue del pueblo, ante la mirada indiferente de la ciudadanía.


Lo cierto es que años más tarde, por decisiones gubernamentales el pueblo fue trasladado a un lugar seguro y este pueblo de la leyenda, quedo sepultado bajo miles de metros cúbicos de agua, por la construcción de la represa del Tominé y aún hoy día, las torres de su vieja iglesia aun, sobresalen como lo predijo el cura de la época.


Una vez terminé de contar la historia, Mario José, con cierto enojo disimulado, se puso de pie y con su voz enérgica y hasta intimidante, me miró fijo delante de los demás y me dijo;


<<<Ojalá Jesús, la leyenda sea cierta, porque de lo contrario, tú eres un blasfemo>>> encimó una sonrisa fingida a todos y se marchó.


Autor: Niño Jesús

Derechos de autor

Pd: Mi homenaje póstumo a un gran ser humano _Mario José_


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