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A ELLA. Por Jesus Alberto Sastre Niño

DESDE MI BALCÓN: A ELLA.

Homenaje sencillo en el ocaso del mes de la mujer.


A ella, que fue la primera mujer que vi en este mundo, cuando por cosas del destino un día yo naciera. La que me amamantó con ganas y aunque en mis primeros instantes aún no la viera, ya sabía que era mi mama y por eso hoy, un homenaje bien merecido a todas las de su género brindarles quisiera.


A ella, que un día cualquiera la he visto nacer con ese sello de genero inferior, como si fuese pecado mortal y voluntario que insultara de hecho con su presencia, al machismo desbordado propio de nuestra cultura absurda. A la misma, que se le negaba y se le niega el derecho de pensar en libertad y se le obligaba y se le obliga aún, a comportarse como si fuese la empleada doméstica, obligada al servicio de su padre, hermanos y hasta de peones y caporales de la hacienda. O en su defecto a su marido.


A ella que, si nacía en cama de oro, había que cuidarla como el más preciado tesoro para luego feriarla al mejor postor y poseedor de los más altos rangos posibles y si por algún descuido su rumbo torcía, era castigada a resarcir su falta y a recuperar el honor de la familia, convirtiéndose en monja, al servicio del Señor de los cielos.

A la misma que si nacía y nace, en rancho humilde, es indigna de trato humano alguno y condenada a ser la prostituta privada del patrón y de sus hijos varones. La sirvienta que era castigada de manera inmisericorde, por tropezar con su encomienda. A ella que es el centro mismo de la vida. A ella la cenicienta.


A la esclava perpetua que a veces venden como mercancía, hasta convertirla en un guiñapo. La misma que la historia sagrada la encasilla como una dependencia del hombre, desde su misma creación al afirmar que Eva salió de una costilla de Adán y luego la tilda de ser la provocadora y responsable del pecado original. A esa, que nace con una placidez ajena al frenesí de este mundo ingrato que tiene los colmillos afilados y la mirada complaciente.

A ella, que la he visto crecer, entre lágrimas de dolor por ser acosada constantemente por quien hipócritamente la quiere, la cuida, la defiende. Por aquel familiar pervertido que la mira con lascivia, con deseo enfermizo. La niña que no sabe que es una muñeca, ni porque perdió su inocencia sin haber cometido ningún pecado.


A ella que, en sus diez años de edad, deambula por todos los rincones de su escuela o colegio, con un uniforme a prueba de modas o tendencias. Esa que solo quiere jugar y correr y correr y que tiene la mirada limpia y los oídos muy abiertos. Todo le interesa y es una líder ordenada. Sus profesores a veces no saben cómo aterrizarla, pero tampoco quieren detenerla. La misma que quiere ser tantas cosas a la vez; quiere ser como su profesora, como la psicóloga, como la Doctora, en fin…


A ella, que cuando tiene veinte, camina por el centro de la ciudad, con la altivez propia de su edad. Esa que está segura que el universo gira a su alrededor, porque en ella todo brilla y todo está en su sitio. La que siempre tiene la alegría de vivir y la acompaña a toda hora, ese poderoso sentido de la responsabilidad, aunque se vea irresponsable. La misma que estudia, trabaja, ayuda, es solidaria y hasta da consejos.


Esa, que sus primeros amores va moldeando su corazón para lo que viene luego.


A ella, se le sienten sus pasos en la calle, en la esquina, en el bus, o en el taxi. La que tiene tiempo para todo, porque la energía la desborda. No se puede más que mirarla, admirarla, porque el mundo parece estar a sus pies.


A ella, que cuando llega a los treinta, no son ni los nuevos veinte, ni son los casi cuarenta. Dicen que es su mejor edad y es posible. En este periodo, no tienen vida propia. Ya estudiaron y muchas se graduaron y se profesionalizaron. Otras se perdieron por los caminos inciertos. Ya probaron el dulce y la sal del amor. El pan y la cebolla. Ya se han casado o arrejuntado, pero no se han dejado. Fueron por momentos felices, aunque nuestro ancestro machista, se empeñe en minimizarlas, o en ponerlas a perder. Ya tienen el cuero duro y ya bailan solas. Ya nadie les llega con cuentos, porque ellas, tienen una librería.


A ella, que a esta edad manejan el mundo con mano dura, saben dónde está todo y con quien se tratan. Nadie les puede hablar de empoderamiento porque hace rato que habían inventado el término. Venden, hablan, atienden, ejecutan, compran, están en todos lados y tienen todas las profesiones y se saben todos los oficios porque el mundo es su centro.


A ella, que la he visto vestida de blanco ante un altar, recibiendo promesas de amor eterno y con la ilusión de haber conquistado un trono para toda la vida. La misma que he visto vestida de negro, con el rostro descompuesto y la esperanza perdida, ante la fría lápida de la la tumba de su esposo o de sus hijos, arrebatados por la guerra. A esa misma que nace, que vive, que muere y que resucita. Ante las adversidades de la vida.


A ella, la he visto a los cuarenta, con los dientes largos en medio de la jauría masculina, entre la manada de machos, de varones domados. Haciendo el oficio de nosotros cuando les toca, porque nada les queda chiquito. Se desenvuelven con insolente altivez en la rudeza de los técnicos, en ese ambiente de ruidos sordos y comunicación espesa. A veces en ese ambiente de facturas y llamadas, clientes inconformes, impacientes, con posiciones dominantes y al acecho de cualquier requiebro de su sonrisa comercial. Así todos los días, porqué a veces tienen más de un hijo adolescente, por el cual responder.


A ella, que dizque la abandonaron, cuando el abandonado fue otro, porque ella se sigue cultivando y sigue creciendo. Desea con el alma, que alguien se sienta muy orgullosa de ella. Desea ser centro de vida de alguien y lo defiende como fiera en celo.

A ella también la he visto en sus cincuenta abriles. Cuando ya se siente bien criadita. Cuando sus hijos marcharon de casa, cada uno con su propia historia y de vez en cuando vuelven. A unos les fue mejor, pero otros, no han podido superar lo que has sido. La misma que sabe perfectamente lo que está haciendo y para donde va con su vida.


A ella, la que los caballeros con respeto y admiración le llaman; dama, reina, princesa, la Doña, mi jefa, pero los machos despectivos y patanes la denominan; hereje, bruja, maldita, zorra, perra, puta. Aun así, ellas siguen ahí, luchando contra el sistema, contra la cultura, contra la opresión, el acoso sexual, el feminicidio y la discriminación.


A ella, la que, a su edad la he visto regentando siempre un restaurante, con esa sabiduría y esa sazón que le dio la vida. La que no está mayor para nada, ni está joven para cometer consciente de sí, alguna inexperiencia. Que sabe con certeza que su mejor edad, ha sido la que tuvo cuando tuvo que perder y tuvo que ganar. A la misma que se le ve su plena madurez y absoluta belleza, al caminar, al hablar, al sonreír.


A ella, también la he visto a los sesenta, a los setenta y de ahí en adelante. La misma mujer encorvada y con cabellos de plata que inspira ternura, amor. Esa abuela que me mira siempre compasiva. Esa mujer sabía que siempre supo perdonar mis errores de principiante. La que a veces se siente como un objeto olvidado en cualquier rincón de la casa.

La que, con sus arrugas, me muestra a cada instante su capacidad de resiliencia. Todo lo que ha sido capaz de enfrentar, de resolver, de perdonar, de vivir.

La misma que, baila, grita y disfruta, como si estuviese en sus veinte, o la que permanece sentada en el banco de un parque o de un asilo con la mirada perdida, vidriosa, conteniendo el manantial de lágrimas, porque se siente en el abandono y sin fuerzas para seguir luchando.


A ella, la mujer, que es cien en una y una entre cien, todo mi agradecimiento, mi respeto, mi admiración y mi amor.


Autor: Niño Jesús

DRA.



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