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29. TIEMPO DE NAVIDAD DURANTE NUESTRA INFANCIA EN LA BARRANCABERMEJA DONDE VIVÍ.

Actualizado: 9 de abr de 2019



Cuando niño siempre sabía de la llegada del mejor mes del año… diciembre, cuando a tempranas horas en su primer día más dormido que despierto sentía sobre mi cuerpo el peso de un regalo que mi madre colocaba, mientras al oído y de manera muy cariñosa me decía:


-Hijo, levántate a entregarle el regalo a tu papá; hoy es día el de su cumpleaños.


Paso seguido, me levantaba y caminaba descalzo en estado de sonámbulo la corta distancia que separaba mi cuarto del cuarto de mis padres, tropezándome con cuanto mueble encontraba a mí paso, hasta entrar en la habitación para dejarme caer en su cama con la intensión de seguir durmiendo al lado de mi padre, intensión que se veía aplazada por mi curiosidad de niño, pues después de felicitarlo y entregarle el regalo, veía de reojo como se apresuraba a abrirlo ante la mirada de mi madre quien siempre fingía una mirada de desconocimiento total del regalo en cuestión.


- Feliz cumpleaños papá, eran mis buenos deseos seguidos de un beso y a seguir dormido a su lado. El regalo era casi el mismo año tras año: Un pantalón, una camisa, una correa y ropa interior, los cuales siempre estrenaba veintitrés días después.


La entrega del regalo, era en todo caso solo el comienzo de un día especial, donde durante el almuerzo del día se degustaba un delicioso pollo asado del Restaurante Girardot, hoy Pollo Árabe de la carrera 28, alimento visto en nuestra mesa solo en día de cumpleaños o días especiales como el día de la madre, debido a su alto costo, pues en aquel tiempo aún no se había industrializado su crianza y todos eran criados en casa de madera ubicadas en los límites de la ciudad más exactamente en barrios como El Primero de mayo, Miraflores o la Esperanza. Y si por alguna casualidad se cambiaba el menú del pollo por cerdo, su barrio de origen era de como El Castillo o El Cerro.


El mes de diciembre, estaba lleno de fechas especiales en mi hogar, pues sumado al cumpleaños de mi padre, estaba mi cumpleaños el diez y el aniversario de matrimonio de mis padres el quince. Era por esa razón que cada semana había algo que festejar durante todo el mes de diciembre, si le sumábamos fechas como la navidad y la de fin de año.


Adicional de las alegrías familiares antes mencionadas, existían las comunales, comenzando con el recibo en la puerta de mi casa de la cartica firmada por el padre Ignacio Rosero, en la cual pedía muy gentilmente la donación de un bobillo de un color previamente asignado, para contribuir con la iluminación de la torre petrolera que hacía o hace sus veces de campanario de la iglesia de la Virgen del Carmen; adicional a la iluminación de la estructura de la torre, desde su corona nacían lazos de bombillos que descendían hasta cada casa alrededor de la cuadra donde se encuentra la iglesia y el parque de Palmira. Si Francia tenia o tiene en París la torre Eiffel, Colombia tenía en Barrancabermeja la torre petrolera del barrio Palmira como la única torre petrolera en el mundo que se utilizaba como campanario iluminada, para orgullo de los Barranqueños y admiración de los muchos turistas que nos visitaban especialmente procedentes de Bogotá, pues eran nuestras tierras cálidas su principal destino para no sentir las heladas capitalinas y vivir la celebración de las fiestas decembrinas en las calles; experiencia imposible de hacer en la ciudad capital de Colombia.


Era las actividades petroleras en su pleno apogeo la que disparaban la demanda de pasajeros en avión, por lo que los pasajes eran sin duda más económicos que los actuales, pues no había monopolio en aquella época. El aeropuerto era utilizado por varias aerolíneas además de Avianca, como Aerocondor con sus aviones repotenciados conocidos por la “Urracas” y SAM aerolínea con frecuencia aéreas desde y hacia Medellín, así como pequeñas aeronaves que prestaban el servicio de la ruta Barrancabermeja - Bucaramanga, pues el viaje vía terrestre se podía hacer por bus o vehículo particular pasando por San Vicente de Chucurí con una duración de más de seis horas o por tren casi en el mismo tiempo, era el transporte aéreo en el mes de diciembre el utilizado por las orquestas que llegaban a nuestra ciudad para participar en las novenas bailables de los clubes de Ecopetrol, en especial en el Club Infantas en donde los que no teníamos familiares en Ecopetrol también asistíamos ingresábamos por puertas informales hechas en la malla perimetral del club por la parte que colinda con la ciénaga Miramar. Por lo anterior, no era raro en el mes de diciembre encontrar en el aeropuerto Yariguíes ya fuera en la gran cafetería o sala de espera ubicada en el segundo piso con barandas de tubos petroleros pintados de azul, o saliendo por las puertas en vidrio para abordar transitando por una rampa de concreto a los miembros de orquestas reconocidas como: El Combo las Estrellas, Los Ocho de Colombia o Los Blancos, Melódicos y La Billos Caracas Boy de Venezuela entre otras muchas que hoy no recuerdo.


Los diciembres lucía la Barrancabermeja maquillada por todos sus habitantes para disfrute de propios y extraños, y no solo por el alumbrado de la torre campanario de la iglesia de mi barrio Palmira en la Barrancabermeja donde viví, si no por muchas otras cosas que hoy están entre los recuerdos más queridos de mi infancia:


¿Cómo no recordar esas tardes de sábado o domingo al comienzo de diciembre, cuando todos los vecinos salían a lavar nuestras calles para luego pintar todos nuestros bordillos con carburo en los barrios pobres y pintura de esmalte blanco en los barrios de petroleros, mientras otros jóvenes pintores más consagrados se dedicaban a pintar figuras navideñas en nuestras calles muchas asfaltadas y otras ya con pavimento en concreto o a pintar papá Noel en los muros en mampostería o ya revocados?


¿Cómo olvidar esos árboles en nuestros andenes o ante jardines, decorados con serpentinas plateadas, luces y cajitas colgantes multicolores simulando regalos, junto con figuras de animales especialmente?


¿Cómo olvidar como cada vecino lavaba el frente de su casa para posteriormente pintarlo, mientras se quemaba la basura con cosas viejas almacenadas, dando el olor características de nuestras navidades?

¿Cómo no recordar los pasacalles formados por cuerdas amarradas a cada lado de la calle, en donde se colgaban triángulos de plásticos multicolores que daban sombra a la calle y producía sonido de fiesta al correr de la brisa durante los atardeceres?; y que apropósito en mi calle la terea de instalación era objeto de disputas pues era la actividad más deseada por los jóvenes mayores de trece años, porque era la única vez al año que ingresábamos al “Gachaneque” previo permiso de sus dueños para amarrar las cuerdas en sus ventanas cada una correspondiente a un cuarto donde dormían plácidamente “señoritas” todas desnudas cansadas de ofrecer sus servicios personales toda la noche, visión que hacía querer volver una y otra vez, logrando llegar a ser expertos en hacer nudos que se soltaban a la menor brisa para tener que volver una y otra vez a amarrarlos nuevamente durante todo el diciembre.


Todas las anteriores actividades llenaban de alegría nuestras cuadras y la ciudad por completo, uniendo el vecindario, era un mes donde el carburo escaseaba al igual que las estopas, pero la actividad que significaba alejarse solo por primera vez de la casa junto con otros niños de nuestra edad y con suerte con la niña que nos gustaba, era la del chamizo que se transformaría en el árbol de nuestro hogar; es más ese día cada día con el chamizo en su mano se votaba por el mejor, premio casi siempre ganado por aquellos ya con experiencia en esa empresa. Hoy recuerdo que todo iniciaba con una caminata sobre los rieles del ferrocarril para llegar hasta sitios como Fertilizantes, Cortijillos y otros cercanos, era en esos sitios donde buscábamos nuestros arboles con ramas que formaban siluetas irrepetibles en cada una de las casas.


Para mí, sin duda la época de nuestra niñez fueron las mejores navidades, cuando se creía en el niño Dios, así fuera un poco corto de vista, pues nunca me trajo lo que yo quería, aunque sí estuvo muy cercano; aún recuerdo el carro a control remoto que le pedí, y el de madera que me llegó, o el rifle de aires para disparar balines y la pistola de fulminantes que me trajo, y el último un poco más grandecito: Un Ajedrez con grandes figuras de madera… y el magnético de bolsillo que me trajo.


FELIZ NAVIDAD.













© 2018 by Daniel E. Cañas Granados