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25. LA DESCONOCIDA QUE MARCÓ NUESTRAS VIDAS

Hay mujeres que pasan por la vida de todo hombre, y los o nos marcan para el resto de la nuestra vidas de una manera especial, muchas veces sin siquiera saber de nuestra existencia; puede ser por ejemplo el caso de nuestros "amores platónicos" esos amores imaginarios de niños, casi siempre imaginarias pasiones con hermana mayor o la mamá de algún compañerito del colegio, una profesora, y hasta para algunos niños un poco masoquistas, con una rectora o madre superiora de algún colegio dirigido por monjas; en fin, para variedad de gustos la vida de cada uno de nosotros. En todo caso, miente el que afirme, o la que afirme que nunca se enamoró y pensó en medio de la noche en una vecina casada o un vecino casado, en una profesora o profesor o en un padre o madre de una o un compañero o compañera de colegio.


En mi infancia, recuerdo especialmente dos mujeres que aparecieron en mi vida y en las vidas de todos mis amigos que me acompañaban y cuya edades en ese tiempo, no superaban los trece años, todo sucedió en una tarde durante el periodo de nuestra vagancia escolar, mientras practicábamos nuestro pasatiempo favorito después de jugar futbol en el lote cerca a nuestras casas: El de estar sentarnos desde las 5:00 de la tarde en el andén de alguna esquina mientras el sol se ocultaba a mirar la gente pasar, al igual que la canción de Piero: Señores, señoras, abuelos, abuelas, niños, niñas, muchachos y muchachas, muchachas y más muchachas, desfilaban por al frente de nosotros desde y para el todavía incipiente sector nor oriental, mientras nosotros allí sentados, compartíamos o actualizábamos datos de alguna que otra conocida que pasara.


La aparición en esa tarde de las dos mujeres antes mencionadas, un de las cuales fue la desconocida que macó nuestras vidas, sucedió más o menos así:

-Ahí viene Sandra, ahora señora del “Bocas”, dijo uno de mis amigos, Bocas era sobre nombre de un vecino chocoano, flaco, de caminar desgarbado y de casi dos metros de alto llegado de Buenaventura a estudiar en el SENA ya empleado de ECOPETROL, quien se había casado con Sandra, ella era una señora menudita, de unos diez y nueve año, y no más de uno con cincuenta de estura, de pelo corto, de piel trigueña y cara muy hermosa, casi angelical, de familia católica quien la cuidaban al máximo, por lo que sin duda llegó virgen al matrimonio, tal y como era la costumbre en ese tiempo. Llegar virgen al matrimonio era casi una obligación, pues en algunos casos de no ser así, las mujeres eran devueltas al día siguiente de la boda como mercancía averiada, tal y como le sucedió a Ángela Vicario con Bayardo San Roma. A Sandra, le dio muy duro esos primeros días, a pesar de que era la adoración del “Bocas”, pues se trataba de una persona educada, buena gente y asiduo leyente de la biblia; le dio tan duro el matrimonio que le tocó ser internada en el hospital de ECOPETROL en El Centro, en donde acompañando a mi madre a visitarla escuche cuando la mamá de Sandra le decía que era algo del “humor entre recién casados”.


Debo revelar que Sandra fue uno de nuestros amores platónicos, se trataba de la hermana mayor de un vecino, y acostumbraba ir a recoger agua a los pozos, eso sí, siempre en compañía de sus padres, y era allí donde la veíamos bañar con totuma en la quebrada que pasaba cerca, dejando que su ropa se pegara a su cuerpo diminuto, pero bien contorneado. Cuentan que ella y especialmente sus padres fueron deslumbrados por él chocoano “BOCAS” en una tarde de domingo, de esos domingos de rumba al club infantas, sitio en donde los padres de familia de Barrancabermeja acostumbraban a llevar a sus hijas en edad de matrimonio en busca de un petrolero como la mejor pareja para sus hijas, la mejor educación para sus nietos y los mejores servicios médicos para sus vejeces, y de hecho casi siempre era un cuento de hadas, aunque también fueron muchos los casos de mujeres que quedaron en el altar como se escucha en la mejor rima de la palabra Barrancabermeja en una canción: “…como las mujeres de Barrancabermeja… como un nudo en la garganta”.


Para nosotros los niños pre adolescentes de la calle donde quedaba el mayor bar burdel en la zona urbana de Barrancabermeja gracias a los contactos de Gabardina con la Administración Municipal, Sandra era casi una “mártir de la religión católica” y representaba el placer y el dolor de una mujer llegar virgen al matrimonio, y todo por una conversación escuchada en la tienda de Don David ubicada en donde hoy queda la heladería “Helo” el barrio Palmira en la Barrancabermeja donde viví, un sábado al medio día a solo quince días de consumado ese matrimonio:

-¿Que le pasó a la paisa?, le interrogaba Julia a otra señorita compañera de trabajo en el Gachaneque que la acompañaba en la tienda. -La boba esa le hizo un servicio al “Bocas” anoche, y como siempre otra que destroza el demonio ese; -yo la previne y le dije que tuviera cuidado, que la tenía como moco de elefante, y ella lo que me respondió fue que pobrecito, que quince días sin nada de nada, con la esposa todavía incapacitada y que a ella no le pasaría nada porque la tenía como bolsillo de payaso gracias su uso continuo. –Y mire, la encontramos como a las tres de la mañana borracha, con una hemorragia que no le paraba, todavía está en el hospital en observación, ya como que le cogieron 175 puntos.


Nos encontrábamos hablando de Sandra, cuando vimos que venía la morena que motivaba desde hace un tiempo que fuera esa esquina y no otra donde las tardes instaláramos allí nuestro puesto de observación, nosotros y otros pelados de cuadras cercanas; cada tres días era su pasar, la segunda mujer especial; se trataba de la morena más espectacular que todos los ojos de ese gran grupo de jóvenes y niños, hayan podido ver hasta el día de hoy y que talvez verán hasta que mueran… media casi uno con setenta, de ojos verdes claros, piernas contorneadas y largas que hacían creer a la vista que nacían muy arriba de su cuerpo, cabello largo, negro brillante, recién salido del salón de belleza, nalgas redondas propias de la mujer de la costa y con el sello de nuestro tiempo de ser naturales, con medidas noventa, sesenta, noventa, también con el sello de esa época de no ser como las medidas de algunas mujeres hoy en del día: Noventa, sesenta, veinticinco y noventa. Era más que una mujer, una diosa encarnada.



Pero también fue la desconocida que sin saberlo marcó nuestras vidas por ser la causante de que casi ninguno de los niños y jóvenes de los años setenta habitante o vecinos de la vía que desde la ceiba de Trillos lleva al puente elevado en el barrio Palmira allí en esa esquina, volviera a piropear una mujer, pues cuando pasaba exactamente frente a nosotros casi en coro le gritamos:

-¡Morena hermosa, nos trae algo!...


Para recibiendo como respuesta:

-¡Será un pedazo de "monda", porque voy es a culiar!.


DANIEL E. CAÑAS G.

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