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21. LA CULPA FUE DEL PÁJARO EN LA BARRANCABERMEJA DONDE VIVÍ.

Actualizado: 28 de jul de 2018

¡Destino o casualidad!, como se puede escuchar en la canción de Melendy…


Pero cada vez cuando de niños llegaba el día sábado para descansar después de una semana madrugando para el colegio y despertábamos para ver en nuestra televisión los dibujo animados preferidos en esa época como el Ratón Mickey, Correcaminos, Mandrake, Dick Tracy para los más “antiguos”, o Batman y Robín con los golpes descritos en letreros, ¿se acuerdan?: ¡KAPOW! ¡BLAP! ¡POW!, o ver a nuestro súper héroe preferido en la liga de la justicia, porque, aunque no lo crean desde esa época ya había Liga de la Justicia: Acuaman, tal vez por nuestra cercanía a cuerpos de agua, y al salir corriendo de nuestras camas nos encontramos al encender la televisión en colores: Negro, gris oscuro, gris claro y blanco, con una “lluvia” de puntos blancos y negros y sin poder ver ningún programa deseado.


-¡Mamá el televisor está dañado! -era nuestra protesta a todo pulmón, capaz de ser oída por nuestra madre desde el rincón más distante de nuestra casa, para ver como ella llegaba hasta donde estaba nuestra televisión, para seguir el mismo procedimiento de la semana anterior:


1. Mirar si ya le habían enrollado los hilos metálicos de la antena en dos tornillitos ubicados en la parte de atrás del televisor, pues en ese entonces el cable de la antena era una cinta plástica de 1 centímetro de ancho que cubría en sus extremos laterales dos filas con hilillos metálicos, los cuales había que pelarlos o quemarlos con fósforos de manera frecuente por el desgaste que sufrían al ser enrollados y desenrollados en los tornillitos mencionados todos los días para proteger el televisor de tormentas eléctricas más frecuentes en ese tiempo que ahora.


2. Proceder a mirar si las perillas de señal UTH y VTH estaban en el sitio donde deberían estar.


3. Verificar si la perilla de 109 canales, estaba señalando uno de los únicos dos canales que se podían sintonizar.


4. Confirmar sí la perilla de sintonizar los canales se quedaba fija cuando se soltaba, en caso de no suceder como pasaba con frecuencia, proceder acto a seguir a decirle a su auxiliar ….Nosotros, traer uno de nuestros cuadernos, el mismo por el que nos pegaban por no cuidar, para ella “arrancar” una de sus hoja para “taquear” de papel el espacio de entrada al televisor de la perilla, hasta que quedaba completamente fija.


A propósito, y otra vez volviendo al estribillo de la canción de Melendy, como los cuadernos eran grapados para asegurar un pedazo de papel que era utilizado para dos hojas, cuando alguien arrancaba una hoja en blanco, se caía sola la del otro lado y en donde casi siempre estaba la tarea del lunes siguiente, por lo que teníamos como actividad adicional volver a escribir lo que ya teníamos escrito.


Una vez superado ese procedimiento, y de ser comprobada que la sintonía no era tan buena, es decir que los colores: Negro, gris oscuro, gris claro y blanco de nuestra pantalla a color seguía la lluvia, era el momento de nuestra madre para dar el diagnóstico:


-Toca arreglar la antena del techo, casi siempre agregando el resultado de la investigación de la causa del inconveniente:


-Esta mañana yo vi un pájaro parado en la antena, y claro, seguro la daño.


Paso seguido, nuestra madre informaba de la situación, el procedimiento a nuestro padre de la situación, así como el resultado de la investigación del culpable, para recibir con disgusto por llevarle la contraría con otra posible causa del daño por parte de nuestro padre:


-¿Y no sería por el “¿Ventarrón” y truenos de anoche, -mire que a un vecino la antena le apareció en el patio?


Una vez definida cual de las dos era la verdadera causa de las dos presentadas, y que era la siempre la de mi madre: LA CULPA ES DEL PÁJARO, venía después lo determinado por mi padre, según nuestra edad: Si teníamos menos de diez años, nuestro padre decía:


-Ya me subo con su hermano a arreglar la antena para que puedas ver los muñequitos.


Y si nuestra edad superaba ya los diez años, era una orden:


-Que está esperando, busque cinta aislante, fósforo, alambre, papel periódico, una cuchilla, escoba, y por supuesto lo más importante: -La escalera grande.


Lo de aclarar el tamaño de la escalera, era motivada por la costumbre en nuestras casas de tener dos escaleras: Una chiquita y otra grande, especialmente, desde que la canción “LA BAMBA”, llegó a ser la más recordada y pegajosas en las fiestas y los reinados del petróleo, canción que decía: ¡Para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita!, por lo que nuestros padres recibieron el mensaje no tan subliminar de que para llegar al cielo, se necesita dos escaleras en cada casa.


La logística para tener de parte nuestra como hijo mayor de 10 años todo listos para subir al tejado, era demorada, especialmente por el tema de la ubicar la escales por donde ascenderíamos al techo: ¿Se imagina, lo que demoraba y significaba para un niño de solo diez años, colocar una escalera de casi 3,50 metros de largo, en madera Guayacán mojada y sin cepillar, con astillas que al menor descuido se incrustaban en nuestros dedos mientras la tratábamos de ubicar con nuestras pocas fuerzas en un tejado con un alar de unos 1,50 metros a próxima pared y sin poder “rayar” la pared mientras subíamos la escalera por la amenaza previa de nuestras madre?. Estoy casi seguros que solo los que vivimos esa tarea acertaríamos la respuesta.


Pero el trabajo tecnológico y la tarea táctica vendría después; se trataba de “engranar” a cada miembro de la familia, para actuar de manera coordinada, como si jugáramos al teléfono voz a voz, era una de las pocas tareas que participaban todos los miembros de la casa, y hasta las mascotas, porque nuestro perro comenzaba a ladrar como si algo raro estuviera pasando al vernos junto con algún vecino a quien casi siempre se le pedía ayuda arriba en el techo.


Volviendo al engranaje familiar, era más o menos así:


En el patio de nuestra casa, además de las mascotas, era ocupado casi siempre por las hermanas, las tías, primas o mamá.


En la sala viendo la televisión, se encontraban el hermano o hermana menor a 10 años, la abuela, junto con la auditoría externa que casi siempre era la niña del servicio doméstico, angustiada no solo porque los menores de la casa no podían ver sus “muñequitos”, sino por asegurar la mejor sintonía de sus novelas el lunes siguiente.


Siempre el papá antes de subir, el padre le daba las últimas dos recomendaciones a su de travesía en las alturas.. su hijo:


-Si el tejado está mojado, lo dejamos para "antecitos" del medio día; -la determinación o plazo final para hacer el trabajo de arreglar la señal de la televisión casí siempre estaba ligada a la hora de inicio de las noticias del medio día, programa que nuestros padres nunca se perdían.


-Camine por las partes altas de las tejas, por las ondas superiores, o donde se traslapan dos tejas, pues ahí está el entre armado de madera.


El engranaje familiar solo comenzaba a funcionar cuando nuestro padre o hermano mayor a veces con un vecino, comenzaban a girar la antena mientras gritaba:


-¿miren como se ve?


-¡Ahí….Ahi! -se escuchaba desde abajo.


-¡Seguro! -Gritaba nuevamente nuestro papá o hermano buscando confirmación, mientras mantenía inmóvil el tubo que soportaba la antena, y miraba que se estuviera ajustando los templetes de alambre dulce para asegurar la antena en la dirección deseada.


-¡Síii ….. Ahíiii!, -se recibía la confirmación nuevamente desde abajo. Una vez se confirmaba que ya estaba fijada la dirección de la antena, se procedía a soltar el tubo.


-¡Ahí…Ahí NOOO!, -se volvía a escuchar cuando una vez soltado el tubo, este volvía a su posición habitual.


Cuando al mover la antena, no se arreglaba la señal en la televisión, había que revisar la conexión entre la estructura metálica de la antena de aluminio y el cable de la antena; para ello había que acostar la antena sobre el tejado, y revisar el cable de la antena, al igual que ya lo había hecho nuestra madre en la parte de atrás del televisor; es decir: había que “quemar” el plástico del cable de la antena que cubría los hilillos metálicos para limpiarlos y enrollarlos en unos tornillos que traía la antena.


Después de varios intentos… de ¡Ahí si! y ¡Ahí no!, y por fin la antena quedaba en la dirección que se quería; se recogía todo, se aprovechaba barrer las hojas que tapaban las canales para disfrutar el mejor momento del sábado, el que pagaba la instalada de la escalera, las astillas: Por fin padre e hijo quedaban solos… allá en las alturas, sobre el tejado como si volvieran a sus ancestros y su ADN entre indio, africano, pero también español, los de Madrid… los llamados “Gatos” por los musulmanes, desde que un soldado de las tropas de Alfonso VI se subió a un tejado de una fortaleza en Mayrit (hoy Madrid) para quitar la bandera musulmana y colocar la española descontrolando a los guerreros del oriente que creyeron tomada la fortaleza. Pues bien era allí en el tejado como "Gatos", lejos de los oídos de hermanos menores, abuelos, y especialmente de nuestras madres, donde nuestro padre se sentaba un ratico a hablar con su hijo mayor de 10 años: De compañeritas de estudios, vecinas y novias.


Después de ese encuentro padre e hijo, llegaba el momento más peligroso del día para mí, solo conocido por nuestras madres, pues los demás ya con televisor funcionando habían desaparecido del patio.


Recuerdo que subir por la escalera al techo era muy fácil para un niño; el problema era la bajada por la escalera, más exactamente en el momento de dejar las tejas y estar en las escaleras, escaleras cuyos espacios entre madera y madera para colocar los pies estaban distanciadas 40 centímetros casi la misma distancia de nuestras piernas, encontrar el primer madero para poder bajar, era una labor titánica. Elementos de protección personal como ya lo dije, solo nuestra madre allí abajo, en el patio.

No hay duda, subir a un tejado ya hace parte de un hecho perdido en nuestras vidas, ya la tecnología desde la aparición de la señal bajada por antenas “parabólicas”, llegan por cable a nuestro hogares o la nueva señal TDT, van acabando con esas antenas de aluminio ubicada en nuestros tejados sujetas a nuestros techos, por un tubo en el techo y que eran reorientadas con frecuencia para buscar la mejor señal, esas mismas antenas que eran “mejoradas” en nuestro imaginario de niños con plantones de aluminio robados del lavadero de nuestras madres para ser utilizado como imitación de plato para captar señales hace parte del pasado, más cuando es la era de las tabletas y celulares las señales de televisión no son tan traumáticas como en ese tiempo.



DANIEL E. CAÑAS G.

© 2018 by Daniel E. Cañas Granados