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7. TIEMPOS DE COMETAS EN LA BARRANCABERMEJA DONDE VIVÍ:

Actualizado: 13 de oct de 2018

No hay duda, de nuestra niñez se recuerda mucho más las cosas que pasaban en la calle, que en la casa, pues sin duda estar en la calle era nuestro pasatiempo favorito: -parece que le picara la casa, -acostumbran a decir nuestras madres, cuando se enteraban que ya sus hijos no estaban donde debían estar… en la casa; desconociendo que estar en la calle para todos los niños era la mejor escapatoria para dejar de cumplir alguna de nuestras labores infantiles diarias como ser: El control remoto del televisor; el contestador del teléfono fijo donde se tenía que apuntar en un cuadernito con todas las hojas escritas la razón que dejaba el qué llamaba, o tener que anotar al lado de la repisa donde se colocaba el teléfono su número telefónico para devolver después la llamada cuando se le diera la razón al que buscaban; ese número telefónico se anotaba en la única área de las paredes de nuestras casas, donde no estaba prohibido rayar; lugar donde se podía apreciar en lápiz negro o rojo, lapicero y hasta en crayolas de diferentes colores todas las caligrafía de la familia, desde letra del niño aprendiendo a escribir hasta la letra temblorosa de nuestros abuelos.


Además de la anterior, entre la listas de otros oficios para hacer en la casa también estaban: Tendedor de camas, lavador de patios y lavaderos o “piletas”, vigilante de leche cocinando antes de derramarse, cargador de basura cuando venía el carro del aseo, barrendero de patio lleno de hojas de mango, tendedor de ropa, motor de molino de maíz para las arepas, cuidador del hermanito menor, mensajería entre los miembros de la casa y novios de nuestras hermanas, limpiador de pegas de “brea” en el piso, limpiador de muebles, y otras cuantas que ahora no recuerdo, no hay duda como dijo un niño sabio: “LA CALLE NOS HACÍA LIBRES”.


Y estando en la calle, una de las cosas que si recuerdo era un grito muy escuchado, especialmente en los meses de agosto: -¡Uyyy el diablo!, grito desesperado de los niños de mi edad cuando veían aparecer en medio de la nada remolinos de viento levantando a su paso todo lo que se cruzara en su camino: Papel, hojas, bolsas plásticas y hasta piedras, es hoy y no recuerdo ningún “pelado” con el suficiente valor para ir en busca de uno de ellos hasta llegar a su centro u ojo; la explicación era simple: Además del polvero que levantaban, existía la leyenda de qué de hacerlo, el osado sería absorbido por EL DIABLO… Desaparecía.


Las canchas de tierra donde jugábamos fútbol como La Chano, Rivalux, donde hoy queda el Coliseo cerca al estadio o La Bombonera, eran los mejores sitios para observar esos remolinos o torbellinos envestirse unos a otros, formando verdaderas batallas donde el perdedor desaparecía y el ganador se volvía de mayor tamaño y fuerza, capaces hasta de desmantelar los tejados del vecindario. Durante un partido de fútbol, era muy común que ya con la defensa y el arquero vencido y a punto de marcar un gol para un triunfo seguro, bastaba oír el grito: -¡Uyyy el diablo!, para suspender de inmediato el juego y anular toda jugada posterior. Ese era el único fuera de lugar aceptado en nuestros partidos a la edad de 8 años.


Con la llegada del mes de agosto, vientos, torbellinos y el diablo recorriendo nuestros lotes, así por donde infundía más temor… en nuestras calles, llegaba también el único evento que unía a niños y niñas, pues en ese tiempo ver jugar fútbol a una niña, o a las muñecas a un niño, así fueran hermanos era mal visto… era el tiempo mágico como lo anuncia Alfredo Gutiérrez en uno de sus discos:


¡EL TIEMPO DE LAS COMETAS!


Las cometas eran hechas por nosotros o por nuestros hermanos mayores o padre; a propósito creo que era también la única ayuda de buena manera que recibíamos de nuestros hermanos mayores… hacer cometas de papel de colores, palitos de bambú, hilo y el famoso “engrudo”, su elaboración era una labor conjunta que sin duda unía a toda la familia y a estas con los vecinos. Todas las cometas conocidas eran de papel, las de platico como las de la foto, no se habían inventado.


Una vez hechas las cometas, venía el momento de adelantar la prueba aeronáutica, era ese el momento donde los niños más grandecitos elevaban sus cometas no sin antes recibir de sus padres siempre la siguiente recomendación: -No vaya a elevarla muy alta porque el sol se la quema -de pronto abusando de nuestra ingenuidad para no tener que ir a comprar más hilo.


Elevar cometas para los niños más pequeños no era otra cosa que salir corriendo mientras detrás de ellos escuchaban tres gritos cada vez más distantes a sus oídos:


-¡Corraaaaa, Corraaaaaa, no mires para atrás que te caes! -era el primero de ellos, sin duda en señal de apoyo.


-¡Así noooo, Así nooo! -era el siguiente, señal inequívoca que algo andaba mal.


Y el último:


-¡Pareeeeeee, Parreeeee! -casi siempre de una tía acomedida que corriendo detrás del niño vigilaba su fracasado plan de vuelo. No era raro ver niños “elevando” cometas solo con el hilo detrás de ellos, pues la cometa ya se había quedado varios metros enredada en un matorral.


Mirar como se hacía una cometa y después con los años hacerla uno mismo era símbolo de nuestro crecimiento, algo así como: nuestra “metamorfosis infantil”, la cual tenía su plenitud cuando ya grandecitos como buenos colombianos descubrimos la trampa… ya no se hacía la cometa, si no que se tomaba de algunas ya en pleno vuelo, con ayuda de dos piedras amarradas entre sí con una pita, o lo que se conocía con el nombre de: “huevos de perro”.


No se imaginan la cara de un niño cuando se le “rompía accidentalmente” el hilo de su cometa y junto sus amiguitos siempre con la mirada en el cielo corrían y corrían detrás de ella para recuperarla una vez tocara el piso, y comprobar ya después de “doblar” la última esquina de la calle donde estaría su cometa en suelo la cometa, que esta había desaparecido.


Agosto, era el tiempo donde se corría…y se corría… tiempo de amigos, vecinos y familia.., TIEMPOS DE COMETAS.


© 2018 by Daniel E. Cañas Granados