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20. ADRENALINA EN LA BARRANCABERMEJA DONDE VIVÍ

Actualizado: 13 de oct de 2018

¿En cuál sitio la gente paga para sentir la adrenalina fluir por su cuerpo?, Si, nada como los parques de las atracciones mecánicas, lugares mágicos existentes en todo el mundo donde la gente en especial los jóvenes se desviven por vivir esa sensación y Barrancabermeja no podía ser la excepción, fueron muchas las atracciones mecánicas o “ciudades de hierros” como también se les conocían o se conocen hoy en día, todas ellas llegadas a estas tierras cuando se desviaban unos cuantos kilómetros del centro al país a la costa o de regreso.


Recuerdo que no había niño con ganas de ir a la ciudad de hierro por valiente que fuera, capaz de sentarse en una de esas sillas construidas en hierro y lámina metálicas antes de las 7:30 p.m. pues estas por el calor de nuestra ciudad alcanzaban altas temperatura corriendo el riesgo de una quemadura en nuestras asentaderas o brazos.


Pero, si de sentir la adrenalina se trata, ninguna de esas atracciones por montaña rusa especial que trajera nos proporcionaba en nuestra infancia más adrenalina que el espectáculo rey... si de derramar adrenalina se trataba, nada como lo que vivimos de niños durante los paros cívicos en los años setenta.


Siempre que alguien me habla de paros cívicos viene a mi mente el mismo recuerdo, el cual trataré de describir a continuación; pero primero a nivel de ambientación debo precisar que muchas de las ciudades viajeras que escribí al comienzo de mí escrito tenían sus propios generadores de energía, pero siempre solicitaban una acometida provisional de nuestras redes eléctricas a la Electrificadora de Santander, ¿La pregunta es porque?: Si buscara una respuesta partiendo de la buena fe de los dueños de las atracciones mecánicas, escribiría que era para emergencia solo para cuando sus generadores fallaban; y si mi respuesta partiera de la mala fe de los mismos dueños, escribiría que era para tener energía “gratis” sin utilizar sus generadores.


En fin, volviendo a mi recuerdo, esa mezcla de paros y ciudades de hierro me regresan en el tiempo, y me veo allí, a la edad de diez años como un espectador en primera fila, observando por un lado una multitud de personas con piedras y ladrillos en la mano caminando desde la carrera 28 a la ceiba de Trillos por la diagonal 49 de sur a norte, y por el otro lado a un escuadrón de policías cachetes rojos y con un hambre de tres días recién llegados por tren desde Bogotá caminando con escudos y lanza gases lacrimógenos desde la estación del ferrocarril a la misma ceiba de Trillos por la avenida de los periodistas de norte a sur, con punto de encuentro exactamente en un poste de luz ubicado en la cancha La bombonera frente al Gachaneque lugar donde hoy queda motos Yamaha. Y allí en el mismo punto de encuentro, en medio de un silencio similar al de un ojo de Huracán, subidos en el poste de luz conectado la línea electrica provisional antes mencionada dos trabajadores de la electrificadora, los otros dos que les sostenía la escalera y el chofer de camioneta, junto con la camioneta ya había desaparecido, dejando a sus compañeros abandonados a su suerte.


La cara de “terror” esos trabajadores arriba en el poste, nunca la olvidaré; era tanto el silencio que a varios metros de distancia se oía sus oraciones implorando la ayuda divina, o en busca de seres bondadosos que les sostuviera la escalera para bajar y principalmente para que de un lado no saliera una sola piedra…y del otro un solo gas lacrimógeno mientras todavía estuvieran trepados en el poste.


Y así fue, sus oraciones fueron escuchadas y llegó el milagro: Los dos frentes se detuvieron quedando separados por no más de quince metros, mientras unos voluntarios de cada lado como en especie de pacto les ayudaron a sostener la escalera para que ellos bajaran. ¿Fue un milagro?, lo cierto es que las que hicieron suspender la marcha de los dos frente no fue Dios directamente, si no los gritos desesperados de las meretrices del Gachaneque que se encontraban supervisando los trabajos con el fin de que se hiciera rápido porque con el corte de la energía en el sector habían interrumpido su sueño después del “ajetreo” de la noche anterior. ¿O será que Dios obró por intermedio de ellas?


En todo caso, no fue que los trabajadores bajaran, agarraran la escalera sobre sus hombros y cruzaran la calle para salir las primeras piedra por los aires en dirección de la policía, y los primeros gases lacrimógenos en dirección a la gente.


En resultado a final de la reyerta para las casa de los que habitábamos cerca de la ceiba de Trillos y el Gachaneque, siempre era el mismo: Varias tejas rotas cuyo huecos eran fáciles de contabilizar por sus dueños cuando no se tenía cielo raso como mi casa y muchas personas desconocidas en sala de nuestras casas a salvo de la policía con los ojos llorosos por efectos los gases ocultándose, mirando por las ventanas lo que pasaba en la calle, o turnándose para mirar a través de un ojo mágico en la resistente puerta principal hecha por mi padre en guayacán en mi casa, pues no teníamos una ventana. Muchos de los que miraban para la calle, tenían una preocupación adicional pues habían dejado abandonado sus puestos de vendedores ambulantes donde ofrecían a los dos bandos enfrentados, así como a curiosos como yo: Raspados, avena, freskola, peto, ponche, conos, papa rellena, empanadas o algodón como si estuvieras en un parque de diversiones.


Una vez se abrían las puertas de nuestras casas previa verificación de no estar cerca la policía, el espectáculo era siempre el mismo: Nuestros contadores de aguas arrancados por la gente en búsqueda de agua para empapar sus ropas y limpiar sus ojos llorosos afectados por los gases lacrimógenos. No eran pocas las ocasiones, cuando la gente estaba desocupando nuestra casa, que de la nada aparecía más gente correteada por la policía buscando refugio de manera desesperada, por lo que la imagen de niño que tengo es de media Barrancabermeja en mi sala tratando de cerrar la puerta de mi casa para estar a salvo y la otra media tratando de no dejar cerrar para entrar y ponerse a salvo.


De esos momentos nos quedaron a manera de suvenir diferentes tipos de gases lacrimógenos para ser lanzados a manera manual o por lanza gases como recuerdos de los primeros paros cívicos, el de los años setenta, aquellos donde se inició la costumbre de los sancochos comunales en medio de las calles con el aporte de varios vecinos de todo tipo de proteína algunos ya escasos en los hogares de otros vecinos: Carne, cerdo, pollo y pescado originando el famoso sancocho trifásico. Parecería un sueño irreal lo que pasaba en esos primeros paros, pues de esos sancochos no solo se alimentaba el pueblo pobre vestido de pueblo que durante el día había lanzado piedras y ladrillos y ahora quemaban llantas en las barricadas, sino también el pueblo pobre de cachetes rojos vestidos de policía que en durante el día habían lanzado gases y ahora dejaban quemar llantas y preparar sancochos.


Los suvenires de los años de las décadas posteriores, eran diferentes, eran balas de diferente calibre, hasta de punto de punto cincuenta, paros donde se cambiaron las piedras, ladrillos, y gases por bala y el tac tac tac provenientes de los barrios al otro lado de la línea del ferrocarril. Durante esos paros fueron varios los manifestantes, vendedor ambulante y curioso que en su carne propia dio fe de la distancia que llega a alcanzar una bala de fusil.


Pero volviendo al tema de la adrenalina título de este relato en mi caso particular había otro lugar adicional a las atracciones mecánicas y los paros cívico donde sentir mi adrenalina a manera de “bonus track”: La carpintería de mi papá.


Ser hijo de carpintero tiene la gran ventaja de ser el único niño sin piojo; de tanto aserrín en mi cabello llegando a convencerme que a los piojos les daba gripa en mi cabeza y al estornudar se caían y todo por causa del legendario canasto de mimbre donde echaba el aserrín para llevarlo en mis hombros a un lote cercano, que de mimbre tenía poco.


El truco para salir ileso de esa carpintería era mirar siempre a donde iban nuestros dedos, ojalá lejos de las prensas, sinfines, cierras, cepilladoras, canteadoras y trompo solo por mencionar maquinaria, así como formones hacían de ese lugar algo peligroso. El ejemplo claro lo tenía en mi padre que no tenía el dedo gordo de la mano derecha, pues se lo había rebanado en una cepilladora de una madera. Y no era único, todos los carpinteros de esa época que se respetara le faltaba alguno.


Mi vida de carpintero terminó un sábado en el año 1974, cuando estaba torneando y el formón se me escapo de las manos por un nudo en la madera volando y cayendo de punta rosando mi cuerpo. La orden de mi padre fue clara y definitiva:


-Se me vá para la casa y no vuelve a entrar a la carpintería… se dedica a estudiar, terminado con esta otra cuando ya abandonaba la carpintería:


-Solo puede entrar, para botar el aserrín.


La vida de los niños de la Barrancabermeja donde viví no careció de sentir adrenalina por atracciones mecánicas y especialmente por los paros cívicos vividos, donde para los niños eran días sin colegio y un tanto festivos con sancochos comunales, y en mi caso por la carpintería de mi papá.



Daniel E. Cañas G.



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