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16. EL VITALINO DE LA BARRANCABERMEJA DONDE VIVI

Me pasó en un jueves de semana Santa, de esos jueves Santos por allá en los años 70 donde acostumbraban suspender por unos días las películas “culturales” de nuestros finos gustos de cineastas adolescentes denominadas 2T(Tiro y Tetas), para dar paso a esas películas de la antigua Roma y de Cristo, películas muy propicias para invitar a nuestras niñas vecinas más católicas como la mejor carta de presentación de nuestra pureza ante ella y especialmente sus padres.


Sin embargo, el teatro Libertador tenía una función que se apartaba de esa programación, y exhibía una película más comercial, sin llegar a ser “2T”, y fue a una de esas funciones donde me atreví a invitar a una niña vecina llegada de Bogotá.

El teatro Libertador se encontraba ubicado sobre la carrera 48 o Avenida Santander entre las careras 4ta y 5ta donde hoy queda un parqueadero, más exactamente al lado o donde hoy quedan las oficinas de la Secretaría de Desarrollo Económico y Social … para aquellos lectores mayores… donde hoy queda la oficina del adulto mayor, y para los que aún no están ubicados todavía… donde hoy queda también la oficina de LGTB.


Bueno, siguiendo con mi relato… era tiempo de cine con mi vecina linda; por eso recuerdo estar allí parado en la puerta del cine, con dos boletas en mi mano compradas media hora antes, mirando al horizonte tratando de distinguir entre la multitud la hermosa figura de mi invitada, pero sobre todo rezando porque llegara a tiempo o que no se le hubiera presentado ningún inconveniente de última hora. Eran las épocas donde los inconvenientes de última hora solo se sabían el día después, porque no existían los celulares, y la última comunicación antes de encontrase donde uno se citaba con una niña se hacía mucho antes, antes de salir de la casa, por lo que quedar plantado era muy común y la de perdonar un día después de una noche de rabia también.


Apropósito de teléfonos fijos, recuerdo que existían dos tipos de teléfonos: Unos eran finos nacarados con bocinas y base de color oro casi siempre ubicados sobre una mesita en la sala de las casas de familias prestantes como la de los Díaz, Plata, Serrano, Meza, solo por mencionar algunos apellidos; y los otros como el que había en mi casa eran de colores grises, verde, rojo o anaranjado con bocinas blancas, colocados sobre una repisa de madera a 1.50 metros de altura, en la pared más rayada de la casa… oro solo en el color de la repisa.


Por falta de los celulares, tampoco se podía entrar a cine y salir cuando la otra persona llegara como se hace hoy en día, por lo que se debía esperar a la persona que no había llegado afuera de la sala como me pasaba a mí esa noche.


Un señor vendedor de avena y fritos que se ubicaban al frente de teatro, se dio cuenta como en mi cara pasaba de la alegría, a la esperanza, para terminar en decepción cuando no había llegado y la hora marcaba el inicio de la película, toda una película gratis para él; por lo que aburrido decidí no entrar a ver la película ya que mi invitación era para disfrutarla en la compañía de esa niña de Bogotá que llegaba a vivir con sus abuelos junto a su hermosa hermana mayor y un hermanito menor.


Diez minutos después cuando ya todos habían entrado a cine, y me quedaba solo parado al lado de un vendedor antes mencionado le escuché decir: -chino espérela un poquito más, la película empieza aun no comienza, -recomendación no se sí por compasión o para que le comprara algo… si había sido lo último, lo había logrado, le pedí una avena y una papa rellena, con las boletas ya guardada en mi bolsillo.


Era un señor, no muy bien vestido, un poco despeinado, sin afeitar y fumador mayor; -por lo menos él estaba también sin compañía femenina, y no era yo solo -pensé. -Hola Vitalino –le saludo casi de inmediato una hermosa dama dándole un pico, mientras él me entregaba una papa rellena y yo procedía a engullir de una con un poco de rabia, por ser ahora sí el único pendejo del sitio.


Mientras estaba tratando de no pasar entera la papa en mi boca, escuche muy cerca de mi oído un: -Hola Dani, -seguido de un -A mi hermana no la dejaron venir, pero yo quiero ver esa película, -puedo?. No se imagina mi cara cuando dando la vuelta reconocí a la dueña de esas palabras a punto de atragantarme con la papa que tenía en la boca…. No lo podía creer…no era mi invitada, era su hermana un poco mayor, la misma joven ya inalcanzable para mí, la que miraba desde la puerta de su casa mientras hablaba con su hermanita, la adolescente más deseadas por los vecinos mayores de mi calle.


- Muuuu…. Muuuu, atiné a contestar, mientras mi cara se ponía roja casi ahogándome con la papa en la boca, moviendo mi cabeza a manera de un sí, mientras ella sonreía, al igual que don Vitalino y su señora al tiempo que comentaba –¡Muy bonita la señorita, valió la espera joven!


Desde ese momento, no solo por pensar que don Vitalino era como un talismán de suerte, o especialmente por el sabor de las papas rellenas que él vendía, no había oportunidad de estar en “el comercio” y no ir a donde él estaba por una papa rellena con una avena, siempre frente al teatro libertador, hasta que se mudó de allí.

Tres cosas conocí como cliente de don Vitalino:


La primera: Hasta en las bebidas callejeras se marcaba el estrato en la Barrancabermeja donde viví, el tomador de avena, era un estrato superior al que tomaba freskola, casi siempre no tenía sed porque no sudaba … la razón, era un niño, estudiante o una mujer;


La segunda: Una papa rellena sin un huevo completo no es una papa rellena;


Y la última: El cigarrillo o el tabaco mata.


A don Vitalicio le fue también vendiendo papas rellenas con avena o con freskola, que no tardó mucho en alquilar un sitio en la carrera 4ta diagonal al banco Santander donde vendía no solo su Avena, Freskola y sus papas rellenas, si no también empanadas, buñuelos, junto con un espectacular chorizo con arepa, todos muy baratos.


En ese sitio, como me recordó hace poco “El Propio” mientras degustaba uno de sus ricos milos con banano frente al Hotel San Carlos, era el único sitio donde se reunían por igual los miembros de la familia más prestante con las demás familias, y compartían el mismo lugar los niños de bien, con los pelados que llegaban llenos de barro recién salidos de nadar en el rio Magdalena. Fue allí donde muchos como yo, pasamos de la avena a la freskola, es decir de estudiante a trabajar, ese era mi sitio preferido y el de todos los jóvenes de mi ciudad, especialmente por esas papas rellenas, sin importar que una casi me ahoga en una de las noches más alegres de mi vida, en un jueves santo de luna nueva en la Barrancabermeja donde viví.


El sitio: SOL Y SOMBRA… ¿lo recuerdan?... Freskola y Avena.



Daniel E. Cañas G.




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