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1. TIEMPO DE COLEGIO EN LA BARRANCABERMEJA DONDE VIVÍ.

Durante mi infancia estudié en un colegio privado y dos concentraciones públicas en mi Barrancabermeja, a los que recuerdo con mucho cariño; jaj, es comenzar a escribir sobre mi colegio y concentraciones, y lo primero que viene a mi mente es el olor característico de la Tiza con su ruido en el pizarrón verde o negro, así como también el olor a: papel, borrador, marcadores y Goma.


Hoy escribiré los recuerdos de mis primeros años de estudios en un colegio de privado, donde cursé Kínder, primero y segundo de primaria, el COLEGIO DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, más conocido por el nombre de: BETHLEMITAS, sí, el mismos de las señoritas bonitas y consentidas, estudiantes en cursos de bachillerato. El colegio se encontraba como hasta hoy ubicado en la avenida que divide al Barrio la Foresta son el barrio La Libertad, eso sí, no era el edificio que existe actualmente, pues eran la unión de casas de un solo piso unidas por sus patios para conformar el gran patio del colegio.


Allí gracias a mi buen oído se me permitió iniciar mi corta carrera musical conformando la famosa Tuna del Colegio, más exactamente el grupo de percusión donde tocaba la “Pandereta Lirica”, honor que compartía con otros compañeritos músicos como: Neira, Gómez, Martinez, Wilches y Carvajal, solo por mencionar algunos de ese grupo musical. Recuerdo como mayor logro, el mayor logro de estar en la Tuna era la posibilidad de no asistir a ningunas de las clases de Kínder, donde básicamente nos ordenaban en clases de 30 minutos hacer tareas tan importantes para nuestra formación como: Recorta revistas, embadurnarla con Goma y pegarla en un cuaderno para mostrarla llena de orgullo a nuestros padres posteriormente, la malo es que junto con la figura también “embadurnábamos con goma” otras cosas como: Los cuadernos y el uniforme, el maletín A,B,C, por lo tanto nosotros, los músicos nos salvábamos por estar practicando para alguna gira o presentación en la Catedral, cuando quedaba al frente de la Alcaldía, o en el palacio Episcopal o como lo decíamos… la casa del obispo. Y nuestro hit musical… LA FERIA DE MANIZALES y ¡OLE!.


Bueno, dejando las historias de las bellas artes y de nuestras exitosas presentaciones a un lado, recuerdo especialmente dos días que no olvidaré; dos días de castigos, comprobando una vez más, lo difícil que es recordar lo bueno:


El primero es mi primer día en Kínder…. era un día lluvioso y frio como todos los días en Barrancabermeja cuando toca madrugar para ir a estudiar, pues en vacaciones, los sábados y especialmente los domingos o festivos eran días donde uno podía dormir hasta tarde, eran los días más calurosos del año iniciados con la aparición de un sol a las 4.30 am, con nada de lluvia y nada de brisa, por lo que levantarse temprano con nuestros cuerpos y especialmente el cuello totalmente bañados en sudor era lo normal, pues casi siempre se iba la energía, o “la luz” como gritaba mi madres, por un jefe de mantenimiento que trabajaba de la electrificadora y programa mantenimiento especialmente para los domingos, y cuando no era él, era mí adorada mamá, quien acostumbraba a apagar los ventiladores para "ahorrar energía". Pues bien, y una vez aclarando el clima de ese día, mis recuerdos continúan cuando yo de solo seis añitos como boxeador en su esquina antes de iniciar un combate recibe las ultimas indicaciones, que para este caso eran mi padre con mi madre como ayudante, ya no en la esquina de un cuadrilátero, si no al frente del portón de la carpintería mientras esperaba que pasara el bus a recogerme, que por cierto siempre llegaba repleto, por ser el penúltimo estudiante en ser recogido ya que después solo era tomar la carrera 36, recoger otro niño para llegar a su sede. Como era uno de los últimos en recoger el bus, para el recorrido de la salida era también el último en dejar después de casi una hora de recorrido donde pasábamos por los barrios de ricos en malla y porterías, de clase media y clase pobre como mi Palmira. El conductor del bus para hacerme más corto el recorrido, o para que no le ensuciara los vidrios de las ventanillas con mis babas mientras dormía esa hora, me nombró su ayudante para accionar un mecanismo que había para abrir y cerrar la puerta por donde enraban o salían los estudiantes; ese fue mi primer empleo en el sector transportador en mí Barrancabermeja.

Volviendo al tema de las recomendaciones de mis padres para mi primer día de colegio, habían de todo: Cuídese mucho, se come todo lo que lleva en la lonchera en el recreo o cuide las cositas que están caras, pero las recomendaciones que todavía escucho porque precisamente no les pude cumplir fueron: Pórtese bien, no nos haga quedar mal o no vaya a dañar nada… no habían pasado 3 horas desde que mis padres entre orgullosos y temerosos me vieron subir al bus rumbo al colegio, cuando ya estaba de vuelta al taller con mi lonchera sin abrir en compañía de la madre Superiora poseída por un demonio en un camión del colegio que traía la mesa del altar del colegio en la parte de atrás. Sin querer la había dañado por agarrarme de una de sus patas jugando en el recreo:


- Que susto nos dio su hijo Don Daniel, antes no se le cayó encima la mesa y se mató, fueron las primeras palabras de la madre a mi papá.


-Nuevo record de estudiante en kínder, completaba lo dicho por la madre el chofer, que era el mismo del bus.


Ya pueden imaginare la cara de sorpresa de mi papá mientras me miraba con cara de desaprobación, mientras yo lleno de resentimiento miraba a la madre Supriora, pues estaba convencido que todo se trataba de una trampa, ella sabía que esa mesa enclenque de 100 años ya estaba dañada y le iba a quedar como nueva cuando mi papá la arreglara. Es hoy en día y todavía pienso que esa mesa la colocaron intencionalmente en mi camino, esperando que el hijo del carpintero la tocara; es más, estoy seguro de escuchar mientras corría a un coro de mojas gritándome cada vez que pasaba al lado de la mesa:


-más rápido,

-agárrese de la pata,

-eso, -otra vuelta, otra vuelta.


El segundo de mis recuerdos, fue en segundo de primaria, último año que cursé en ese colegio, católico en todo sentido, un lugar donde se sentía la presencia celestial, la presencia divina, la presencia de Dios…pero como dicen por ahí: Donde está Dios el Diablo también, y también sus tentaciones porque en ningún colegio de Barrancabermeja se veía tantas mujeres bonitas como allí, todas cursaban bachillerato MUJERES, MUJERES Y MUJERES; por donde uno miraba…MUJERES.


Pues bien, en uno de los recreos cuando estaba muy seguramente reflexionando en el catecismo tema de la clases de religión que acabamos de ver, así como pensando en todas las bellezas que mi Dios había creado para el disfrute de nosotros… sus hijos, mis ojos quedaron prendidos en unos de los centenares pares de senos que pasaban caminando por ahí… y fue allí donde nació la idea dada a conocer a los compañeritos que estaban conmigo: Voy a tocar ese par de senos, solo para saber sí los tiene duros o blando; comenzaba así mi gran aventura, mi misión imposible: AGARRAR ESOS SENOS en un recreo.


Desde ese día, comenzaron mis cálculos matemáticos basados en Espacio, Tiempo y Velocidad, sin conocer que ya alguien se me había adelantado y había inventado una fórmula matemática para hallar una de esas variantes conociendo las otras dos. Laborares de inteligencia de mis compañeros, me proporcionaba datos como: Se demora o sale rápido cuando suena la campana del recreo, que hace primero cuando sale al patio, va a la cooperativa o al baño, a quien saluda, con quien se saluda, por donde anda y diseñé mi plan perfecto: a) Colocar el ladrillo por la ruta habitual de esos senos; perdón de la señorita; b) Fingir que me tropezaba con el ladrillo mientras corro; c) Agarrarme con fuerza de los objetivos como salvavidas para no caer. Tres pasos objeto de varias simulaciones donde básicamente variaba el impulso antes de tocar el ladrillo, hasta que después de varios días de práctica, llegó el gran momento: El gran día… el día esperado… el día cero…el día “D”.

El plan se ejecutó como lo planeado, iniciando con el grito de mi compañero Fernando Neira que a la distancia me advertía desde el salón de la niña que ya iba saliendo la joven; bueno casi todo se ejecutó al pie de la letra, porque vario el “c)”, pues la joven le agregó un grito que se escuchó en todo el colegio, y que llego a los oídos de la madre superiora.


La improvisación del grito de la joven, originó un punto “d” al plan originar: Llamar a mi acudiente para asistir a una reunión en la rectoría; aclaró que esos “daños colaterales”, no me quitó para nada la sensación de esos senos en mis manos, y sí, los tenía muy duros y estaban forrados en una tela muy suave.

Como acudiente gracias a Dios llegó mi papá y no mi mamá, ella estaba dictando clase y no podía dejar a sus alumnos solos como se lo dijo a la secretaria del Colegio mi padre cuando le pidió que le dijera a la madre supriora que ya había llegado. El “juicio” comenzó con la descripción por parte de la madre superiora de los hechos, cosa que no demoró mucho pues la Madre Superiora por pena con mi padre, no entró en mayores detalles, después me tocó hablar mi versión de los sucedido, teniendo la sensación de casi salir absuelto, de no ser porque no pude explicar cómo trastabillé por tanto tiempo y pude recorrer tanto espacio sin caerme; lo que me llevo a pensar en ese momento que el error fue talvez en los datos de espacio, a forma de espacio creo que metí mal los datos de distancia en mi formula o que mis objetivos se detuvieron a saludar a alguien mientras yo ya había “tropezado”, o simplemente me sobreactué.






Ese día mi papá me regañó frente a la Madre Superiora, y no me volvió a hablar, lo que me hizo suponer que esperaría a mi mamá para un regaño en conjunto. Fue solo hasta el momento que sentí que mi madre llegaba a la casa y mi padre salía a su encuentro y le escuchaba contar con un poco de risa lo sucedido, terminado diciéndole: No lo vaya a regañar que lo que hizo tu hijo es cosa de hombres; esa noche pensé igual que él…que las fórmulas matemáticas que me fallaron eran cosas de hombres.


Daniel E. Cañas Granados

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